TEMA 1
Filosofía, Anarquista Disciplina.

TEMA 2
La intuición irracional y los bordes del silencio.

TEMA 3
METAFORAS POR FUERA DE LA CULTURA POSTMODERNA

Jorge Ermácora
Profesor de Filosofía
Entre Ríos
Argentrina

Filosofía, Anarquista Disciplina.

Cuando se intenta enseñar Filosofía, resulta imposible debatirse entre Filosofía como "Historia de la Filosofía" o Filosofía como disciplina que consiste esencialmente en "pensar."
El primer tema, plantea el problema de quedar enmarcado en el ámbito de la "escolarización" de la Filosofía como Historia del pensamiento. La representación de corrientes, autores y problemas principales, sus posibles soluciones, frente a "una ausencia" de la Filosofía como "actividad" exclusiva del "pensar."
De este modo, la Filosofía se ve absorbida por el "academicismo" y especialmente, por el trabajo de escritorio; lectura y escritura.
Algo distinto se presenta en el horizonte de la Filosofía de la Historia. Donde las corrientes, sus representantes, sus problemas, y sus discusiones, están orientadas hacia una comprensión que tiende al futuro, a la interpretación del pensamiento acaecido, con la intención de ser pensado "mirando" el porvenir.
La Filosofía de la Historia, reivindica para sí, la cuestión del "pensar" filosófico sobre el pensar filosófico. Manteniendo de este modo, viva la "arteria" del pensamiento, que consiste esencialmente en "pensar". Pues, al fin y al cabo, en esto estriba la seria e inútil Filosofía.
Sin embargo, la Historia de la Filosofía, tiene acceso a una fuente de intuición y reserva que no es posible en la Filosofía de la Historia. Algo que se aprende de inmediato en la Historia de la Filosofía, es el "intuir" y comprender, el caudal inabordable que representa el contenido de la Historia del pensamiento filosófico.
Este serio problema, solo se puede atenuar, con cierto rigor a la hora de comprometerse con la misma Historia de la Filosofía. Y simplemente nos indica, el camino de pensar, leer, y escribir con reserva.
Por otro lado, la Filosofía de la Historia nos obliga en cierto modo, a servirnos de esquemas y lecturas demasiados simplistas, llegado el momento de sintetizar los problemas para volver a pensarlos. Cuestión ésta, poco sincera con relación al pensamiento transcurrido.

Un problema que la Filosofía de la Historia tiene necesidad de contemplar, justamente es éste. El de pensar la Historia del pensamiento filosófico, en un marco de conciencia de contenido histórico y de mucha reserva al avanzar con la ineludible cuestión del "pensar".
¿Cómo enseñar Filosofía sin caer solamente en Historia de la Filosofía?. No puede ser este un problema de contenido filosófico. Este tema reside en la actitud del hombre para con la Filosofía. Entendida ésta, como actividad primeramente del "pensar".
La Filosofía es una disciplina que tiene que ver con el rigor en la lectura y en la escritura, pero fundamentalmente con el rigor en el "pensar". En el "pensar" en términos filosóficos.
De todas formas, el problema no está tanto en como escolarizar la Filosofía sino, en advertir, que lidiamos con una disciplina que es esencialmente anarquista. Pues, no guarda para sí, ni autoridad legítima, ni autoritarismo, solo rigor en el pensamiento.
La Filosofía, así entendida, como no reconocimiento de autoridad alguna. Está destinada al apartado rincón de la soledad y no tolerancia. Por ser seria e inútil. Pero también, por no poder sobrevivir al orden, a la autoridad, a la institución, al academicismo, a la figura del sujeto-supuesto-saber, a lo supuesto y a lo convencional. Quien habla de lo que es tabú y destroza lo totémico es intolerable. Quien ve el mundo como un gran fárrago y lo da vuelta es despreciado. Quien se acerca a la Filosofía simpatiza con la anarquía.
La Filosofía en la institución se vuelve un "juego inofensivo de criaturas". Pues se le quitan las dos armas más importante que posee el "pensar"; la seriedad y la inutilidad.
En la institución la Filosofía está destinada a no ser filosofía, sino a ser un "juego" simple y decadente de contenidos.
Solo fuera de la institución la Filosofía es Filosofía. Pensar anarquizante, acracia. Una vez expulsada de la institución, se advierte de inmediato en la Filosofía la falta de reconocimiento de alguna autoridad que es principio originario en ella. Se contempla de este modo, la seriedad e inutilidad que la caracterizan. Dejando al descubierto el peligro que reside en su interior: tomar con seriedad a la inutilidad.

Un prójimo del pensar: George Santayana.

"En cuanto la Filosofía es la libre búsqueda de la sabiduría, surge dondequiera que los hombres de carácter y penetración, cada uno con su particular experiencia o hobby, miran en torno de este mundo. Que los filósofos sean profesores es un accidente y casi una anomalía. La libre reflexión acerca de todo es un hábito que imitar pero no una materia a exponer; y un sistema original, si el filósofo tiene uno, es algo oscuro, riesgoso, no probado y no maduro para ser enseñado, aunque tampoco hay mucho peligro de que alguien lo aprenda. El filósofo genuino -como se complacía en decir Royce- se aventura solo como el rinoceronte... Si los filósofos han de ganarse la vida y no mendigar (como alguno de ellos han juzgado más acorde con su vocación), sería más seguro para ellos, pulir lentes, como Spinoza, o sentarse con una gorra negra y una barba blanca a la puerta de un museo poco frecuentado... En el mejor de los casos, el verdadero filósofo puede cumplir muy imperfectamente su misión, que consiste en timonearse a sí mismo, a lo sumo a unos pocos compañeros voluntarios que pueden encontrarse en el mismo barco. No le es fácil gritar ni dirigirse a una multitud; debe permanecer silencioso por largas temporadas, pues observa estrellas que se desplazan lentamente y en trayectorias que es posible, aunque difícil, predecir; y el tritura todas las cosas en su corazón, como si fuese un lagar, hasta que su vida y el secreto de ella fluyen juntos para afuera."

La Filosofía dada de baja.

El pensar filosófico es una respuesta que se da en el diálogo a la palabra. ¿Qué palabra?. La de una época. Cada época tiene sus propias palabras, sus ilusiones, todo un ideal puesto en palabras. Toda una época puesta en ideas.
Zeitgeist: espíritu de la época, o de los tiempos en alemán. El filósofo en tanto le es posible, toma distancia de este espíritu, y dialoga críticamente con él. Toma distancia necesaria como cuando el lenguaje nos separa del mundo para poder nombrarlo. Pero a fin de cuentas y mediados por el lenguaje seguimos en el mundo, tanto o más, como también el filósofo lo hace atado al espíritu de su tiempo.
Pensar para él es estar en diálogo con la época. Es dar una respuesta crítica a la palabra de una época.
Tristemente, este diálogo del filósofo con la época es silenciado. Silenciado por la figura del sujeto-supuesto-saber, y por las "Filosofías" en lugar del "pensar" filosófico.
Así tiene lugar la "Filosofía dada de baja". Aquella en la que se sabe donde sus representantes, en un tumulto de "jornada filosófica" harán su aparición. La Filosofía de columna de diario, la de revista exprés y la de salón de "charla". Aquella que poco tiene del pensar anarco. Que mucho tiene de cánones, de metodología, y de escritorio.
El espíritu de la época como diálogo del filósofo con su tiempo ha sido ocultado, callado y ensordecido. No por las habladurías de los mass-media, sino por el ámbito que más cercano se cree al él. El ámbito académico.
La Filosofía dada de baja, constituye el avasallamiento del espíritu anarquista. Que "debe" ser descontrolado y desordenado en el seno del pensar, para que la Filosofía no sea nombrada, sino para que se piense filosóficamente. Entonces así, no puede haber consenso institucional, control académico sobre una Filosofía fragmentada. Que poco tiene que ver con el Zeitgeist con el cual el filósofo dialoga una vez sumergido en el "bosque".

¿Porqué la Institución no puede otorgar el título de filósofo?

De acuerdo con la Historia de la Filosofía y la Filosofía de la Historia. Notamos que el pensamiento filosófico es una tensión entre lo retrospectivo prospectivo. Una "batalla dialéctica" sobre lo que ya ha sido pensado y lo que todavía espera ser pensado. O que tal vez, se pueda llegar a pensar.
La suerte de estas dos áreas disciplinadas, al abordar de distinta formas el corpus de la Filosofía, convertida ésta también en disciplina, residió en su carácter práctico para poder apropiarse de los conocimientos que conformaban dicho corpus.
Pues, entre todas las incisiones realizadas para poder deslindar, acomodar, poseer, transmitir y producir los saberes filosóficos, la Historia de la Filosofía y la Filosofía de la Historia, resultaron ser las más prometedoras para que la disciplina llamada Filosofía, se convierta en materia específica que se pueda enseñar en las universidades y demás instituciones.
En esta "transformación", que la historiografía del siglo XIX practica sobre el "cuerpo filosófico", se dan a conocer dos rivales pesados de la Filosofía; la única verdad de la uni-versi-dad, y lo ins-titu-ido de la institución.
Ahora bien, para que la Filosofía pueda germinar, para que pueda realizarse como actividad del pensar. Es preciso que se aparte del nombramiento, que tome distancia de la enunciación. Es necesario que el concepto de Filosofía se haga humo en las bocas de los hombres y en los grandes salones. Para que en los márgenes, en los límites y bordes, pueda advenir la figura del filósofo. La imagen del hombre con mirada traslúcida que se dedica a pensar.
Dar con la Filosofía es encontrar la necesidad de pensar. Pensar en Filosofía es ver con una lente especial, la del esfuerzo reflexivo, el vacío de una época, la oscuridad insondable en la que se mueven los hombres de un determinado cuento histórico.
Esta necesidad de reflexionar, de atravesar todas las épocas junto con las vísceras de la propia vida, poco tiene que ver con el espectro universitario e institucional de la Filosofía de escuela. Pues, porque ahí, donde se nombra, se exige, y se retiene el saber histórico de la Filosofía. Ahí, donde se violenta su aparición, justamente ahí, "la dama" se complace en no aparecer.
El genuino pensar filosófico no pertenece al "centro", no depende de la institución ni de la sociedad, no busca consenso, ni intenta amigarse con las distintas formas de políticas gubernamentales, menos aún si se trata de democracias. Es por el contrario anarquista y surge en los bordes más aislados del consenso social.
Ortega y Gasset hablando no de una Filosofía anarquista, pero sí de una Filosofía que surge fuera del "andamiaje" social dice; "Esta necesidad de filosofar que siente el individuo creador es la auténtica y original. En él, no en la sociedad, está el origen de la Filosofía y su auténtica o radical realidad."
A el ámbito que más cercano se cree al pensar filosófico, tan solo porque lo nombra, el ámbito académico, a ese lugar no se deben dirigir las miradas sedientas del "pensar," ahí está anquilosado el pensar.
El "pensar" gusta y rebasa de vida, cuando un espíritu "extraordinario" se complace en jugar mirando en su derredor de modo "extraordinario".
Todo lo que el filósofo puede traer a "escena", tiene que ver, como afirma Santayana, con lo que el puede triturar en su corazón para luego hacer fluir hacia fuera. El verdadero motor del pensar, trabaja aquel material más intimo y "brillante". Aquel mismo que el pensador comienza a sublimar, lidiando siempre en un determinado terreno, en un preciso lugar.
"Se piensa no solo estando en una fecha determinada y en un preciso lugar, sino desde un puesto social que unas veces es el centro de la sociedad, otras es arriba, otras es abajo y, en ocasiones, es un puesto fuera de ella: cárcel o destierro."
La Filosofía exige al hombre autenticidad, silencio, serenidad, y un tono de seriedad. Sobre todo exige reflexión. Que resulta a los ojos de la empresa funcional y técnica del mundo occidental, un tesoro vedado.
Abogar por la Filosofía, es apostar por el "pastor del ser" y no por el "dueño del ente". (Heidegger)
Difícilmente pueda sobrevivir el Filósofo al encierro de la "institución". No conviene que un torbellino ronde las inmediaciones de lo social, y hasta que estas dos enemistades pervivan como tal, nunca podrá la institución acelerar trámite de título para tan osado oficio.

¿Qué oficio?

Muchas profesiones tienen el carácter de oficio. El saber desenvolverse en una determinada actividad y llevarla a cabo todos los días, guste o no guste, y en cierto tiempo del día para ganarse la vida. Así también, parece que el "filósofo" corre en la gran batalla funcional y profesional, y se dice de él que se "ocupa" en Filosofía.
En realidad la Filosofía no es ni profesión ni oficio. Ni mucho menos el filósofo se ocupa en Filosofía. Tendríamos que decir que la Filosofía es una actividad; la de pensar, y también que es un hábito; el de no saber cuando comienza y cuando termina la reflexión.
No se puede "hacer" Filosofía o "dedicarse" a ella cuando se quiere. Bien esto puede ser; leer sobre Filosofía, investigar, o escribir sobre ella. Pero el encantamiento del mundo no tiene horarios de ingreso ni de salida, es un encantamiento casi siempre inoportuno, que vuelve al pensar extraordinario y extraño, y siempre sustento rico para la Filosofía.
La vida del filósofo en poco se distingue de su vida, y su Filosofía con esmero no le deja vivir; "...escribió una vez Fichte: filosofar quiere decir propiamente, no vivir: vivir quiere decir propiamente no filosofar..."
Pensar en Filosofía, es romper con los cristales cotidianos que dan forma a la imagen del mundo. Es anticiparse a la conciencia cosificada en ideas que se toman como presupuesto para "levantar" el mundo circundante.
Ahora bien, quizá solo sea romper o emancipar la conciencia, tan solo para armar nuevos ventanales o para cosificar nuevas ideologías. Pero si esto es así, al menos el filósofo reivindica para sí el valor de "perder la vida en la batalla".
Por estas líneas es que debemos entender eso de que la Filosofía no deja vivir. Pues la pregunta paraliza al que la enuncia, y ésta no consiste en que el pensante pregunte, sino, en que el habla de la pregunta decida por eso y en tal momento preguntar. Haciendo al filósofo testigo de lo que comparece en su derredor y luego testigo de su propia vida.

Ante las puertas finales.

No puede haber "paz" en el universo filosófico. El iluso que tira por doquier los ropajes de su época, cultura y sociedad, está destinado a errar por el mar "simbólico e imaginario". Sabiendo de por vida, que lo inabordable de lo "real", solo es el tablero de juego donde él se comporta como un péndulo.
¿Qué significa sino, demoler el último supuesto, como si fuese el peldaño final en donde nos sostenemos en puntillas de pie? O mejor. ¿Qué actitud podemos adoptar, sabiendo que las caídas de las ideologías no dejan ver ni un destello de lo "real". Puesto, que eso que acostumbramos a pensar como realidad de consistencia inmutable, que gusta ocultarse, no es más que otro despliegue ideológico?
Nada hay más allá de las "puertas finales", allende el carácter arbitrario del signo. En las fronteras oscuras donde el psicoanálisis se encargó de mostrar que habita lo "siniestro". Espectro desgarrador del que hasta la misma Filosofía huye.
Así la posición del filósofo. En un movimiento bascular, recorriendo los bordes del silencio. Dejando escapar una imagen algo graciosa y a la vez triste, pues se entrecruzan el él, la nobleza de saber que es un ser lo bastante frágil como para no morir, y porque ofrece su herida más profunda. La de alguien que da cuenta de eso que ocurre entre el caelo y el humus , en esa franja que de a ratos se oscurece, paralelamente a la impresión de que algo "grande" puede llegar a pasar.

Miscelánea.

El pensar filosófico es, en tanto se piense filosóficamente, una meditada representación de la categoría "ser". Así también, exige la existencia auténtica del existente que lo anuncia y una verdadera conciencia histórica y de la época en que se vive.
Pero no habrá posibilidad de advenimiento y persistencia de tal pensamiento, si paralelamente no se lleva acabo una emancipación de la reificación de la conciencia. Es decir, de la cosificación de la conciencia, del anquilosamiento que se produce a partir de las estructuras ideológicas generales de lo social.
Cuando no existe dicha posibilidad de emancipación de la conciencia cosificada, la tarea filosófica deviene "ocupación", es imposible que germine una auténtica y genuina Filosofía, sin el "desprendimiento" de dicha conciencia. La conciencia reificada, si se dirige a la Filosofía, no hará más que "ocuparse" en ésta, nunca podrá aquella conciencia conquistar y poseer a la Filosofía.
Esta conciencia es la verdadera enemistad del filósofo. Ella existe como una raigambre hasta en los sectores sociales que jamás se podría sospechar, puesto que en esos lugares al menos no debería existir. No solamente en las Universidades y centros culturales de enseñanza subsiste esta conciencia estructurada, sino que también ahí se reproduce.
Si la "academia universitaria" debería ser un espacio donde se gesta el originario pensar que no reconoce autoridad alguna, hoy a devenido un espacio o sistema de reglas de formación de sujetos al servicio de las estructuras ideológicas sociales. No solamente la reificación de la conciencia ideológica es la acérrima enemiga del filósofo, lo es también de lo social en general.
"Una masa enorme de informaciones se ofrece a personas cada vez menos capaces de elaborarlas y comprenderlas. El diploma y el libro de bolsillo no deben enmascarar esta falsa cultura de la sociedad de consumo. Este es el peligro que nos amenaza (...) las estructuras mentales constituyen obstáculos que es preciso vencer."

No es que exista una batalla entre el filósofo y la estructuración de la conciencia, pues el filósofo no lucha contra nadie, a nadie tiene o debe que explicarle o fundamentarle algo. Esto de que la conciencia estructurada es la enemistad fundamental del filósofo se debe, a que de continuo es un esfuerzo para éste el poder darse a entender tanto en el diálogo como en la escritura.
El filósofo se limita a una actividad reflexiva e interpretativa del mundo, y desde este lugar se expone para aquel "otro" que en realidad siente que se está exponiendo.
Sin embargo este lugar de desarme, de examen, de revisión, puede generarle algunos altercados. Tanto es así, que su actividad puede parecer la de un hombre soberbio. "El más soberbio de todos los hombres, el filósofo..."
Nada podrá hacer el filósofo contra esta apariencia, si es que se trata de una apariencia. Pues el filósofo que sí lo es, no puede dejar de serlo, y basta tan solo con una tenue mirada y cercanía a él para refutar brillos de soberbia.
"El filósofo es un hombre inquieto e inquietante (...)su riesgo permanente e ineludible es la soberbia; pero esta se cura solo con que el filósofo siga siéndolo...".
Históricamente, y en la mayoría de los casos, el filósofo realizó el papel del solitario y oscuro. Pero posiblemente ninguna época como esta ha tomado tanta distancia de él. El filósofo hoy es confundido con el técnico académico, la funcionalidad social no le brinda espacio alguno, y su voz aunque débil, retumba en algunos rincones y páginas, pero en nada encanta a la conciencia estructurada.
El filósofo hoy no es ni inquieto ni inquietante. Es el técnico del saber de los fríos salones, y prueba de esto es que no tiene discípulos, sino distantes alumnos.
La sangre fría de estos salones es la metodología de investigación proveniente de las ciencias duras, metodología que resulta en Filosofía pura arbitrariedad. Eso justamente que de continuo la Filosofía rechaza para poder ser, arbitrariedad.

¿Qué es lo que se puede concluir en un ensayo de filosofía?
Debemos pensar en la gran confusión que se despierta al tratar el tema de sí a la Filosofía le corresponde o no un fin, que no sea el fin que ella es en sí misma.
Este tema tratado hasta el hartazgo, es sin embargo el que define la posición en última instancia del pensador, y siempre es oportuno dejarlo madurar.
Todo se resume en la siguiente cuestión; la de poder pensar si la muerte declarada a la Filosofía, las grandes responsabilidades que se le atribuyen, el compromiso que se le exige de asistente social, y todo el menosprecio expresado en distintas fórmulas, no tienen que ver sino, con el espectro de la Filosofía, con esa imagen que se coagula en el intento de arrastrarla a la institución y al consenso social.
Cabe por esto, reflexionar siempre, que se entiende por Filosofía y por esa extraña actividad del pensar. En todo caso saber siempre quien es la dama y quien su sombra.

8 VATTIMO, Gianni. "Las aventuras de la diferencia." Altaya, Barcelona, 1999. Págs, 54-55.

Bibliografía de referencia.

HEIDEGGER, Martin. "Carta sobre el Humanismo". Sur, BsAs, 1960.
BOEDER, Heriberto. "El límite de la modernidad y el legado de Heidegger". Quadrata, BsAs, 2003.
FERRY, Luc y RENAUT, Alain. "Heidegger y los modernos". Paidós, BsAs, 2001.
GOLDMANN, Lucien. "Lukács y Heidegger". Amorrortu, BsAs, 1975.
SAVATER, Fernando. Heidegger para la ética. En "Etica como amor propio". Grijalbo Momdadori, Barcelona, 1995.
VATTIMO, Gianni. "El pensamiento débil". Cátedra, Madrid, 1988.
"Las aventuras de la diferencia". Altaya, Barcelona, 1999.
ZIZEK, Slavoj. "El espinoso sujeto". Paidós, BsAs, 2001.

La intuición irracional y los bordes del silencio.

Cuando la intuición irracional se presenta, porque exige ser presenciada y pensada, no hay posibilidad de postergar la "cita" con ella. La intuición irracional avisa, pero siempre que lo hace ya es tarde, pues en ese momento, está por encima de nosotros y cubriéndonos con toda su "sombra", la Filosofía. Ella consiste en un pensamiento intuitivo, y este es casi siempre imposible de definir. Experiencia singularizada que no se deja transmitir originalmente.
Se trata de los bordes del silencio, es ahí hacia donde arrastra este pensar intuitivo. Filosofía de la tortura, que se complace en aislar el espíritu, dejándolo solo y opaco, triste y eufórico, aborreciendo todo lo que comparece a través del pensar, y con pocas chances de poderlo expresar y darlo a entender.
En estos bordes del silencio donde se impone la intuición casi siempre irracional de la realidad, ha venido la desdicha humana a revelarse y entregarse. Clama ser escuchada y comprendida. Su mensaje; la estancia forzada del hombre, su conciencia, y su conocimiento, no debería estar siendo.
Así, la Filosofía obliga al hombre a que sea testigo de ella, y ante él, patentiza la decadencia y pobreza de la conciencia humana y de su destino.

* * *

El hombre es el ser más egoísta que jamás haya existido. Por no haber aceptado tener que perecer, ha forzado una y otra vez su destino. Y su sola estancia, que no es más que una existencia "artificial", no hace sino destruir y arruinar todo lo que a sus anchas encuentra y toca en el planeta.
No contento con ser un protagonista de poca impronta en la historia "natural," y graso alimento condenado a desaparecer, ha apostado por el desciframiento de la "realidad" a través de la inteligencia y el conocimiento. Y de este modo, ha logrado sortear su único camino honrado, la extinción.
De no ser por el egoísmo propio que caracteriza a la especie humana y por su afán irracional de perpetuarse, nos habríamos ido más rápido de lo que creía Nietzsche, cuando nos cuenta sobre la joven muerte del hijo de Lessing. Puesto que nuestra historia, estaría más a tono con la vida del "chico de Turkana" y la del "niño de Taung." Y no solo a tono, puesto que nuestra dignidad, si es que alguna vez la hemos tenido, ha quedado en aquellas praderas del "infierno," tierno lugar de donde nunca tuvo que haberse escapado.
¿Es que la madre "naturaleza" no tuvo tiempo para advertir que su hijo mayor el Homo ergaster, pasaba mucho tiempo mirando y jugando con esas piedras? ¿Y que el menor el Homo neandertal, gozaba de mucho tiempo libre en esas frías regiones ayudándose y tratando de imaginar junto al fuego?. No, no lo advirtió. Y de no ser por esta madre distraída y por estos dos chiquillos tan inquietos, que distinto hubiera sido todo. Que justo hubiera resultado para nosotros los egoísta, y que libre para todos los otros seres, hermanos que nos padecen y que ven como desolamos la tierra.
Nuestra historia hubiera sido muy noble sin ser contada. Y tendría un final digno y justo, si se hubiera desplomado el último homínido de nuestro linaje llevándose con el, la extinción en la pradera africana y el postrero hermano perverso, el Homo sapiens..
Einstein y su teoría de la relatividad, nos han enseñado algo muy valioso para esta época pobre de sentimientos. Nos han hecho entender, que mirar el firmamento del cosmos, es dirigirse con la mirada al pasado. Y esto descubre en nosotros, una profunda tristeza por aquellas luces y por esos tiempos que vienen viajando muy rápido para tener que morir.
Los grandes historiadores, nos han mostrado la complejidad de la historia. Nos enseñaron, que las vidas de aquellos hombres, y sus representaciones de la realidad, casi siempre son imposible de reconstruir una vez que el tiempo se ha alejado de ellos.
La paleontología, aparte de corroborar la teoría evolutiva de Darwin. Nos ha puesto ante los ojos, pruebas concretas de la vida pasada y del paso del tiempo sobre ella.
Pero nada de esto puede conmover el egoísmo y la centralización del poder del hijo "traidor" que no quiso irse. La bóveda oscura no le trae nostalgia. No respeta la historia porque no la conoce. Ni se estremece al ver emerger fosilizados los restos de aquellos seres, que le han precedido en el camino evolutivo, y que le han asegurado para hoy, su puesto en la vida.
Especies enteras han emergido bajo el sol y se han marchado dignamente cuando la voz de la vida se lo ha hecho entender. Así, por ejemplo, Dimetrodon en el Pérmico, y Basilosaurus, en el Terciario.
Quien no pueda sentir estremecimiento y tristeza al mirar los registros fósiles, puede preguntarse seriamente que tan vivo está, y que lugar la vida le ha otorgado.
El miedo a desaparecer. A que el universo se quede sin ojos y sin conciencias que lo contemplen. El terror a tener que ceder el trono inventado durante la larga noche para burlar la muerte. La negación a aceptar que la vida ya ha pasado, y que ha dejado grandes cuencas petrolíferas para que los postreros parásitos jueguen con el, he inventen su nuevo mundo. Como el voraz y alegre gusano, que se alimenta de la muerte y lo ignora.
Hay que empezar por aborrecer la idea de supervivencia humana. También, la gran mentira del bien de la ciencia por la humanidad, junto a la paz y la seguridad de esta desdicha forzada de seguir aquí. Pues el invento; es ser la especie superior. Y la cruda "verdad;" es ser el remanente y la lacra cósmica, que ni los "dioses" ni nuestros "hermanos" ya son capaz de reconocer.
Los esfuerzos del hombre están condenados a la nada. Por más ciencia, ética, y política que realice, siempre va a ser lo que es; una criatura desagradable para su entorno, falsa y egoísta, rodeada de estupideces y delirios para fingir que vive.
La coraza del tranquilo Gliptodonte, en algo se nos parece. Pero no se trata de ofender a este amigo tan cercano con nuestra imagen. Pues el la utilizaba para defenderse en esa vida austera, pero "real". Nuestro anquilosamiento, es por el contrario, para no dar con la vida, es para permanecer bajo él, en "invierno" y en "primavera." Es para seguir siendo ajeno a la vida y para reforzar bajo su tejido óseo; el egoísmo, la soberbia, y la ignorancia que nos caracterizan.
Lo triste en esta historia, no es el haber arrebatado al mundo su tesoro; la urdimbre delicada de la vida en su estado más auténtico. Por el contrario, se trata de ignorar el "robo" y la matanza. Y de creer que los pasos que damos en esta superficie profanada, son honrados y merecedores de darse. Pues en estos casos y por "jurisprudencia", es preferible el asesino arrepentido y contribuyente a atenuar el daño, que el asesino dispuesto otra vez a matar.
En la historia natural, cuando el Homo sapiens se encontró cara a cara con el Gliptodonte lo aniquiló, sin saber lo que hacía lo masacró. Hoy el Homo sapiens, lo encuentra nuevamente bajo la vida del humus a escasos metros, y en una indiferencia abismal ni siquiera lo destruye, sino que se molesta, porque hay que apartarlo y su obra de este modo se retrasa.
Heidegger, sentenció alguna vez, que tan solo un dios podría salvarnos de la indigencia en la que hemos caído y también convertido. Y de ser así, sería oportuno preguntarle a este dios, si el daño que nuestra ignorancia a causado en esta tierra, merece o no perdón. Pero antes de que esta pregunta sea posible, faltan consumirse millones de litros de combustible para ir a ningún lugar.
Que tan grande ha de ser lo que ignoramos, y que errada nuestra imagen de la vida, que llamamos a esto "progreso" y "adelanto". Mientras otros, que alaban y se sorprenden con los descubrimientos de la ciencia, esperan impacientes que esta venga a socorrerlos y le prolongue esa languidez que llaman la vida.
La vida del hombre en su estado prístino y auténtico ha quedado más allá de aquella traición. Desde el momento en que se reveló a su destino y forzó su estadía, a entrado en una larga agonía, caracterizada por el sufrimiento que conlleva sentirse muerto y desterrado en vida.
Tan irracional es este pulular de aquí para allá, que en toda una vida quizá la razón, no logre sacarle el mínimo de un destello.
Así, el narcisismo humano, brilla hoy en su más resplandeciente fulgor. Puesto, que ha olvidado, y olvida de continuo, cual es su papel en este gran escenario irracional. Y también, porque ha hecho oídos sordos a las palabras de los pensadores que se lo han anunciado. Pero esencialmente, porque se ha alejado bruscamente de los bordes de silencio, de aquel lugar de "arenas doradas", en donde alguna vez habitó.
De lo que alguna vez pudo ser aquel entorno, solo queda penuria. Y solo una imaginación dignamente usada, nos puede conducir prudentemente y no sin errores, a partir de restos y evidencias conservados, a una tarde tormentosa del Pleistoceno donde un Homo ergaster intuía y veía venir un cielo azul verdoso que amenazaba con ceder.
Pero este no es el tiempo de la tristeza, ni el tiempo de encontrar egoístas responsables y criminales. Pero sí lo es, el de apartarse del trono, y el de encontrar la nostalgia interna que nos refleja el cielo en la noche. Junto con la rareza que despierta en nosotros, un escarabajo y sus élitros mineralizados que vuelven después de tanto tiempo, a recibir la luz del sol.
La tierra indica por doquier con sus accidentes, su historia y la de sus hijos. Ahí tenemos que mirar entonces, para encontrarnos y para volver a pactar justicia sobre "juncos". Porque el sentimiento de desarraigo, de lejanía y de no pertenencia a esta morada, nos hizo mirar hacia lo "celeste", sin saber que la miseria de la soberbia es la que impide mirar hacia el suelo.
La vida versa sobre la tempestad, vivir es tener frío, hambre, dolor, heridas. El hombre que quiere vivir, y no simular que vive, odia la rutina, la seguridad, la respuesta a la pregunta y el aniquilamiento del imprevisto.
Todo conspira para tener la vida bajo control, sabiendo que el precio a pagar solo lo vale la libertad y que nuestra vida se hunde en la más plena futilidad y ligereza.
No existe otra libertad que esta; la que se obtiene en la pasión por recuperarla y poseerla, para luego dejarla escapar. Estar vivo trata de la búsqueda de la libertad perdida, y de notar que este suelo está plagado de muerte pasada. Es el momento de llevar la novela de Proust, más allá del tiempo perdido de nuestras vidas. Es el momento de recuperar, el origen mismo del tiempo.


METAFORAS POR FUERA DE LA CULTURA POSTMODERNA

El jardín de Perséfone.

El manto de la noche no sabe que pueblo abraza, y estos jamás se conocen entre sí.
Llegando a sus puertas algunos perros siempre reciben, vagabundos y preparados para el asalto, la oscuridad les pertenece y lo hacen notar. Una calle se prolonga a un humilde centro, señalada por enfermas luces, da la impresión de que la angustia avanza y que ya nada la puede descarnar. Un camino a la izquierda provoca una apertura en el campo, en él se pierde lo profundo en lo profundo y lo oscuro cae sobre la vida y sobre el húmedo calor, de todas formas nada trata de indicar, pero la angustia se descarna.
Cuando se mira el cielo desde el campo, es fácil advertir porqué latinos y griegos han hablado de bóvedas celestes que se desplazan, nos arrastran hasta ellos y recordamos el curioso personaje llamado Anaxágoras, pensamos entonces y sufrimos, pues extrañamos nuestra casa.
Con qué se puede profanar tanto la tierra de un campo, no es acaso que el Hades se hace llamar técnica, y que un Dios ruega por la astucia de un tal Hermes que disfrazado bajo lengua interpretativa ha llegado para negociar la libertad de una doncella desconocida para nosotros, reina adolescente de una pradera florecida.
La bóveda celeste está olvidada, nadie quiere verla, potentes cristales la atraviesan para no lograr ver nada, el jardín está marchito y su doncella perdida, nuestro mensajero casi rendido, mientras tanto pensamos para mantener el todo, y esperamos en silencio que la joven doncella sea tocada por Flora para así volver a reinar.

Ermácora Jorge.


Céfiro y el Siete colores.

El viento comenzó a soplar del sur. Era el frío fantasma corriendo la vida cálida que se había establecido en el estero. Todo un ciclo tejido en delicada urdimbre, que ahora debía perderse por unos tristes meses. La vida de todos esos seres cambió, se perdió, como se pierden los colores del estero, cuando la magnifica ave llamada siete colores de la laguna vuela lejos de él.
El viento es quien trae y lleva, quien dirige, anuncia y avisa, todo el regula. Ni el pájaro de los muertos logra persuadirlo en su canto, ni la reina mora aquietar.
Ahora todos debían volverse rígidos, los que pertenecen al agua, al aire y a la tierra. Pues ellos, son todos hermanos que han pactado su justicia sobre juncos. Así deben esperar en la noche irredenta la calidez para volver a reír.
Oí al siete colores cantar algo lejos, anunciaba en su canto, llevar prestada en el tiempo y en su plumaje la policromía espectral ...pronto la devolveré, como se devuelve nuestra aparente complejidad, que a lo simple y siempre lejana, aspira volver...
El alma del estero voló lejos, se fue con el aire cálido. Nunca sus hermanos han sabido de ella en los meses de agonía. Solo saben que un día venidero, sus colores se reflejarán en el agua, y que el viento caluroso del estío, se encargará de devolverlos, para animar aquello, que entre el caelo y el humus, inevitablemente no se puede apagar.

Ermácora Jorge. Dedicado contra el reinado de la Técnica.

Donde mueren las aves.

Quien haya estado un mediodía de verano en alguna cañada en plena soledad, es un gran testigo. Al solitario esa tierra de dulce olor, le devela sus encantadores secretos. No solamente en las alturas brama ese áspero y a veces suave viento del oeste, hijo de Aurora que los hombres de otros tiempos llamaron Zephyrus.
El que en esas tierras avanza nada logra conocer, ha de dejar que esas vidas comparezcan, entonces sí, su inocencia será llamada a soñar aquello que no lo asombraba.
Hombres de tierras lindantes descargan maldiciones sobre esas peligrosas tierras poco fértiles e indomables, donde mora el crótalo.
En su opaca noche sobrevuelan el bañado unas aves negras nunca vistas, son las hijas del estero, portadoras de los más intrigantes secretos que les fueron revelados para custodiar, entre ellos, el anuncio de un nuevo reinado, y más profundo aún, el lugar en donde mueren las aves.

Ermácora Jorge. A mi tierra.

 

 
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