CRITICA POLITICA POSTMODERNA DE LA POSTMODERNIDAD
Autores anónimos
Empire
de Michael Hardt y Toni Negri es de esos libros fuera de lo común,
cuya lectura proporciona una experiencia estimulante que nos provoca y nos
invita a un cambio de perspectivas.[1] Incluso cuando no convence, inquieta
nuestras formas acostumbradas de pensamiento y empuja al esfuerzo crítico
a reformularse en aspectos no menores. Esta nota no pretende dar cuenta de
manera completa de una obra tan densa ni discutir todas las cuestiones que
abarca; sólo quisiera invitar al debate que abre este libro. Intentaré
esbozar aquí una especie de diálogo entre la teoría del
imperio y la palabra zapatista -un diálogo fecundo en donde se tejen
notables convergencias y críticas recíprocas.
Imperio versus imperialismo
La tesis central de Empire podría sintetizarse de la siguiente manera.
No es cierto que hoy en día la soberanía política desaparezca
en provecho del juego de las fuerzas económicas; lo que ocurre es más
bien un cambio en el régimen de soberanía: sin desaparecer,
los estados-nación declinan y se integran en una estructura supranacional
que se va consolidando: el imperio. Mientras el estado-nación fue el
centro territorial de la soberanía moderna y el imperialismo su extensión
más allá de sus fronteras, el imperio ya no tiene centro ni
límites; pretende ser un orden eterno y abarcar la totalidad del espacio
mundial. Al revés de la organización territorializada y centralizada
de los estados-nación y el imperialismo, la desterritorialización
es una característica fundamental del imperio. Por lo tanto, "el
imperialismo ya se acabó" (y "el imperio que está
por venir no es americano; Estados Unidos no conforma su centro"): con
esta afirmación polémica, Hardt y Negri invitan a romper con
decenios de lucha antimperialista, focalizados en la denuncia de la hegemonía
estadounidense. Cambiar de enemigo y luego de estrategia de lucha no es tan
fácil, sobre todo en el continente latinoamericano, sofocado por el
poderío de Estados Unidos, imperante entre otros aspectos en el proyecto
del TLCAN y los Planes Colombia y Puebla-Panamá; no es tan fácil
cuando la actual administración estadounidense consolida su legitimidad
con base en declaraciones místico-belicistas y exhibiciones de sus
músculos de acero.
Se podría objetar que Hardt y Negri no llegan a una caracterización
suficientemente clara del imperio. Su libro podría considerarse como
una anticipación filosófica, más preocupada por revelar
los rasgos de un futuro a punto de emerger que por describir detalladamente
la organización del mundo actual. En esto radican su fuerza y su debilidad.
¿En qué consiste la soberanía imperial y cómo
se manifiesta? Apenas se menciona el papel del FMI, BM y OMC, mientras las
empresas transnacionales son vistas como "el tejido conjuntivo del mundo
imperial". En comparación, los autores dedican más atención
a la ONU (y su constelación de organizaciones internacionales), presentada,
a pesar de sus inconsecuencias e ineficacia, como la "instancia de producción
de un derecho soberano supranacional" en donde "el concepto jurídico
del imperio empezó a tomar forma". Sin embargo, el imperio no
se limita a la producción de normas jurídicas necesarias a la
economía capitalista mundializada; más globalmente, el imperio
es la "regulación política del mercado mundial" (puesto
que "la realización y organización del mercado mundial
no puede ser sólo el resultado de los factores financieros y monetarios,
es necesaria una fuerza política de autoridad mundial"). Sin preocuparse
por administrar todos los aspectos de la organización planetaria, la
autoridad imperial protege sus grandes equilibrios mediante el manejo de la
fuerza militar (y su horizonte nuclear), la moneda (con la cual puede deconstruir
los mercados y las políticas nacionales) y la comunicación (sometiendo
educación y cultura a su lógica desterritorializante). Sin embargo,
a pesar de estas caracterizaciones, el lector a veces tiene la impresión
de que la tesis de la soberanía imperial resulta más postulada
que demostrada, o tal vez sea inevitable que, en el momento actual, el imperio
quede más esbozado a partir de sus síntomas que completamente
descrito en sus mecanismos propios. El análisis del imperio no es,
pues, una teoría cerrada; los autores sólo plantean sus premisas.
La articulación entre el imperio y Estados Unidos queda como uno de
los interrogantes principales. Para evitar inútiles malentendidos,
cabe subrayar que Hardt y Negri no niegan en absoluto el papel determinante
del país norteamericano. En sus palabras, el imperio "no es Estados
Unidos, aunque él tenga una posición privilegiada dentro del
imperio". Incluso, insisten en que Estados Unidos es una "superpotencia
que detenta la hegemonía en la utilización mundial de la fuerza",
y que "la guerra del Golfo demostró que el poder internacional
de policía incumbe integralmente" a esta nación. Ahora,
leemos Empire (escrito antes de la guerra de Kosovo) en el contexto creado
por el 11 de septiembre, lo que podría sugerir algunas actualizaciones.
Por cierto, muchos análisis de Hardt y Negri parecen confirmados por
la última de las guerras neoliberales: las modalidades de producción
del enemigo, caracterizado como terrorista ("burda reducción semántica
enraizada en una mentalidad de tipo policiaca") y fundamentalista; los
rasgos de la "guerra justa" ("toda guerra imperial es una guerra
civil, una operación de policía"; incluso, en el caso actual,
sin declaración de guerra, lo que permite argumentar el no respeto
de la Convención de Ginebra) y en particular, como lo subrayan Hardt
y Negri, su ausencia de límites espaciales y temporales. El fantasma
de Bin Laden, ni vivo ni muerto, es el mejor ayudante de la administración
estadounidense para justificar la guerra perpetua anticipada por Empire ("cincuenta
años para eliminar a Al Qaeda", no dudan ahora en plantear los
funcionarios de Washington). Además, la formación de una coalición
mundial inédita (y sin fallas, mientras el blanco se limitaba a Al
Qaeda y Afganistán) parece confirmar que el 11 de septiembre permitió
dibujar el perfecto escenario de la guerra entre el imperio y el mal. Sin
embargo, el ataque directo sufrido por Estados Unidos y la movilización
de un sentimiento nacionalista herido podrían haber orientado al imperio
hacia una configuración ligeramente distinta a la que plantean los
autores: ¿un imperio en el cual Estados Unidos reivindica un papel
todavía más hegemónico y pretende un liderazgo más
directo?
Si bien la temática de la global governance y de la dominación
de fuerzas supranacionales no es nueva (Brand, 2000: pp. 185-89), ¿cuál
es entonces la verdadera originalidad del libro de Hardt y Negri? Consiste
en dar fuerza, por la amplitud y la coherencia de sus análisis, a la
idea de que estamos entrando a otro mundo; consiste en obligarnos a ver que
vamos iniciando un nuevo periodo histórico. Impulsado a partir de los
años setenta, el salto es triple: ya no los estados-nación sino
el imperio; ya no las economías nacionales y sus extensiones imperialistas
sino el mercado mundial realizado; ya no la modernidad sino la posmodernidad.
Evidentemente, de un periodo a otro existen continuidades y los autores insisten
en las tendencias imperiales inscritas desde sus orígenes en la constitución
de Estados Unidos, de tal suerte que releen su historia como la progresiva
realización y extensión mundial de estas potencialidades imperiales.
Por otra parte, el capitalismo tiende a la realización del mercado
mundial desde el siglo XIX y bien se sabe que el Manifiesto comunista anunciaba
ya la superación de las fronteras como efecto del desarrollo económico.
Sin embargo, a pesar de la resonancia actual de esas páginas famosas,
Marx y Engels se equivocaron al prever una inmediata reducción de los
antagonismos entre naciones, cuando la expansión de los imperialismos
produjo tensiones cada vez mayores, a tal punto que el final del siglo XIX
y la primera mitad del XX fueron dominados por los conflictos interimperialistas
y sus consecuencias devastadoras. Los imperialismos, organizaciones territorializadas,
centralizadas y también definidas por la exterioridad a la cual se
oponen, construyeron muros que dividieron al mundo, mientras que el actual
imperio tiende a abarcarlo por completo y a eliminar toda clase de exterioridad.
Por tanto, si bien existen continuidades entre el proceso de constitución
del mercado mundial y la (cuasi) plena realización de éste,
el paso de uno a otro conlleva transformaciones cualitativas que significan
un cambio de época. Por último, los autores insisten en "el
fin de la modernidad" y la importancia de la posmodernidad que, lejos
de ser el epifenómeno que muchos dicen, es un síntoma que acompaña
y revela el camino hacia el imperio. La posmodernidad es "un paso cualitativo",
una "transición capital en la historia contemporánea",
y en muchos aspectos la posmodernidad imperial tiene características
inversas a las de la modernidad imperialista.
A la configuración de ayer (estado-nación, mercado nacional
con sus extensiones imperialistas y modernidad), se sustituye la de hoy y
de mañana (imperio, posición dominante de los mercados mundiales
y posmodernidad).
En esto radica la fuerza del libro de Hardt y Negri: aclararnos la magnitud
del cambio que estamos viviendo y urgirnos en asumirlo en todas sus consecuencias.
Nos insisten en que cualquier análisis basado en la noción de
imperialismo se equivoca de siglo y de blanco. Pero tampoco nos dejan afiliarnos
al pensamiento posmoderno que por cierto tuvo un valor liberador en sus inicios,
como crítica de las formas modernas de soberanía, pero que luego
no supo ver que éstas habían sido ya desaparecidas por el imperio,
de tal suerte que la posmodernidad se transformó en sostén teórico
de la dominación imperial. Los autores también critican severamente
las teorías del sistema-mundo que, según ellos, atenúan
doblemente la ruptura que estamos viviendo, al afirmar que la mundialización
no es nada nueva y al adoptar una lectura cíclica de las transformaciones
actuales. De hecho, estas teorías analizan el ocaso de la hegemonía
estadounidense, que I. Wallerstein va anunciando ya desde hace tiempo (Wallerstein,
1996, 2001), como un fenómeno normal y recurrente de la vida del sistema
capitalista, como un episodio más en la ya larga historia de los traslados
geográficos del centro de la economía-mundo: después
de Génova, las Provincias Unidas e Inglaterra, le toca a Estados Unidos
entregar el relevo y sólo hace falta para esto que se dibuje más
claramente el próximo poderío hegemónico. Al contrario,
en la visión de Hardt y Negri, a Estados Unidos no le sucederá
ningún nuevo campeón en la categoría envidiada de país
(o polo) hegemónico: la hegemonía de Estados Unidos no declina
en provecho de otra entidad territorial; se va integrando al orden mundial
del imperio (sugerir que Estados Unidos pasa de la posición de potencia
imperialista hegemónica a la de poderío dominante en el seno
de la configuración supranacional del imperio, podría dar cuenta
de manera más convincente de las observaciones aparentemente paradójicas
de I. Wallerstein sobre el ocaso estadounidense). Sin embargo, las críticas
de Hardt y Negri son algo injustas, puesto que las tesis de I. Wallerstein
son sólo parcialmente cíclicas. El tema de la migración
periódica del polo hegemónico no le impide afirmar que "hemos
entrado en una nueva era" (Wallerstein, 1996), definida como fase terminal
del sistema capitalista (situación de bifurcación histórica)
y como el fin del liberalismo, ideología dominante desde 1789 y subvertida
a partir de 1968 (en esta terminología, el liberalismo es lo que llamamos,
con Hardt y Negri, la modernidad). A este punto, advertimos que I. Wallerstein
caracteriza la situación presente en términos exclusivamente
negativos, es decir como el fin, ya cumplido o anunciado, del periodo anterior,
y como un caos desconcertante que no deja ver los rasgos de una nueva configuración.[2]
En cambio, Hardt y Negri (que parecen integrar algunas de las observaciones
planteadas por I. Wallerstein) logran analizar el presente con términos
propios y dar cuenta de su coherencia específica. Además, considerar
que vivimos la configuración de un nuevo periodo del sistema capitalista
podría resultar más pertinente que hablar de la "fase terminal"
del mismo (sobre todo si ésta puede dilatarse unos cincuenta años
más). Tal opción no resulta ni más ni menos alentadora;
pero puede tener implicaciones determinantes para los movimientos antisistémicos.
Si estamos cambiando tan radicalmente de época, un esfuerzo enorme
es indispensable para replantear todos los análisis y todas las estrategias
de lucha. En este contexto, podríamos considerar al movimiento zapatista
como uno de los primeros en formular, por lo menos parcialmente, las exigencias
específicas de la resistencia antimperial y en explorar las nuevas
formas que puede asumir. La teoría de Hardt y Negri puede verse como
una invitación a valorar de manera aún más profunda las
aportaciones de la experiencia zapatista (sin que esto implique conferirle
el estatuto de vanguardia que tanto se preocupa en rechazar).
La multitud contra el imperio
No hacen falta las convergencias entre las propuestas de los autores de Empire
y las de los zapatistas. Unos como otros insisten en que la lucha ya no puede
asumir como objetivo la toma del poder (de estado). Esta postura, emblemática
del zapatismo, es congruente con los análisis de Hardt y Negri: la
sobrevaloración leninista del poder de estado como instrumento de la
transformación revolucionaria resultó ser equivocada, pero no
era más que un espejismo insuficientemente crítico de la forma
moderna de soberanía, encarnada en el estado-nación; ahora,
además de que la historia del siglo XX nos permite ver las dramáticas
desviaciones que autorizó, esta opción ha perdido todo sentido
en la posmodernidad imperial. En palabras de Hardt y Negri, "es necesario
destruir el 'gran gobierno' y no tomarlo", para realizar el autogobierno
autónomo de la multitud (las referencias históricas implícitas
son, además de la Comuna de París, la experiencia de los Consejos
en la Europa de 1917-1921 y su reapropiación en los movimientos de
los años sesenta y setenta, en particular en Francia e Italia). No
dicen otra cosa los zapatistas, cuando plantean desertar el terreno de la
lucha por el poder de estado y privilegiar la autorganización de la
sociedad, que no es sino su autonomía. En tema conexo, Hardt y Negri
insisten en que la lucha ya no puede ser una actividad de representación
(asumida por el partido, el sindicato y sus líderes, como representantes
de las necesidades de los explotados) y, de igual manera, los zapatistas cuestionan
las formas tradicionales de la práctica política: si bien el
"mandar obedeciendo" parece mantener la representación pero
controlándola, el rechazo zapatista a la noción de vanguardia
ubica un punto clave en las derivaciones de la representación y la
sustitución (de la clase por el partido, y del partido por los líderes).
Mientras los zapatistas formulan esta crítica y buscan poner en práctica
sus consecuencias, Hardt y Negri la ubican en su dimensión teórica
e histórica: la representación como principio fundamental de
la forma moderna de la soberanía.
Los dos autores insisten también en que las nuevas luchas en el contexto
del imperio son indisociablemente económicas, sociales y políticas,
a tal punto que estas divisiones ya carecen por completo de sentido. Eso se
debe a que el salto de la modernidad de los estados a la posmodernidad imperial
es también el paso de las sociedades disciplinarias a las sociedades
de control. En estas últimas, la disciplina no desaparece, pero lejos
de concentrarse en lugares institucionales paradigmáticos (escuela,
fábrica, cárcel, etcétera) se extiende a toda la sociedad,
"en todas partes y en todo momento", "asumiendo la organización
de todos los aspectos de la vida" y conformando así un control
biopolítico que abarca hasta los cuerpos y los afectos.[3]3 No resultaría
difícil argumentar que encontramos en el zapatismo esta característica
de las nuevas luchas. La lucha por la dignidad, que sintetiza la idea zapatista
de la resistencia, no es una noción estrictamente ética, sino
una manera de nombrar una movilización indisociablemente social, económica,
política y, más aún, una lucha global que abarca sin
separarlos "todos los aspectos de la vida". Lo que se celebra a
menudo como la originalidad de la palabra zapatista es más que la expresión
anecdótica de un refrescante sentido del humor o de un eficaz talento
literario. Es la realización práctica de las observaciones de
Hardt y Negri; es la manifestación de que no es posible luchar por
la humanidad de manera inhumana, de que no es posible luchar contra la alienación
de manera alienada (en este caso, sectorializando al hombre, separándolo,
como si estuviéramos todavía en un régimen disciplinario).
¿Cómo llamar a las fuerzas vivas, virtualmente subversivas en
el mundo imperial? Según Hardt y Negri, se trata de la multitud, concepto
que contraponen al de pueblo, dibujado por y para el régimen moderno
de soberanía. El pueblo es uno y se le postula una voluntad única,
mientras que la multitud es una constelación de individualidades, con
su diversidad y heterogeneidad. "El pueblo es una síntesis constituida,
preparada para la soberanía" del estado y, en el régimen
moderno de soberanía, "toda nación debe hacer de su multitud
un pueblo". No se trata de un concepto fuera de las relaciones de clases:
la multitud es "el nombre común de los pobres"; es la versión
posmoderna de un proletariado cuya composición ha sido cambiada por
el imperio y que agrupa a todos los hombres "cuyo trabajo es directa
o indirectamente explotado mediante normas capitalistas de producción
y de reproducción", abarcando a los excluidos y extendiéndose
a las dimensiones de la humanidad. La multitud de Hardt y Negri se parece
bastante a lo que los zapatistas contemplan bajo la expresión de sociedad
civil. A tal punto que uno puede preguntarse si, a la noción de sociedad
civil y los debates que sus ambigüedades provocan,[4] no haríamos
mejor en preferir la de multitud, con sus connotaciones de diversidad y creatividad
(para no hablar del viejo vocabulario que llamaba a movilizar a las masas,
palabra que suena tan espantosa una vez que nos acostumbramos a pensar en
la multitud). ¿No será a la multitud que se dirige el vocero
del EZLN en sus características e interminables enumeraciones, por
ejemplo a la hora de pedir que se escuche la voz "del estudiante, la
del colono, la del maestro, la del ama de casa, la del empleado, la del vendedor
ambulante, la del minusválido, la de la mecanógrafa, la del
capturista, la de la costurera, la del repartidor, la del payaso, la del gasolinero,
la del telefonista, la del mesero, la de la mesera, la del cocinero, la de
la cocinera, la del mariachi, la de la sexoservidora, la del sexoservidor,
la del cirquero, la del mecánico, la del lavacoches, la del indígena,
la del obrero, la del campesino, la del chofer, la del pescador, la del taxista,
la del estibador, la del niño de la calle, la de la sobrecargo, la
del piloto, la del oficinista, la de la banda, la del trabajador de los medios
de comunicación, la del profesionista, la del religioso, la del homosexual,
la de la lesbiana, la del transexual, la del artista, la del intelectual,
la del militante, la del activista, la del marino, la del soldado, la del
deportista, la del albañil, la del locatario del mercado, la del vendedor
de tacos y tortas, la del limpiaparabrisas, la del cuidador de coches, la
del burócrata, la del hombre, la de la mujer, la del niño, la
del joven, la del anciano, la del que somos"?[5] Y cuando rinde cuentas
de la Marcha de la Dignidad Indígena dirigiéndose no a las comunidades
como tales sino a cada uno de los individuos que las conforman,[6] ¿no
será porque la lógica de la multitud, que deja espacio a las
subjetividades, se extiende hasta las propias comunidades indígenas?
Tener conciencia de hablarle a la multitud, ¿no será esto el
valor decisivo de la palabra zapatista?
La multitud contra el imperio: así ubican Hardt y Negri las potencialidades
liberadoras en el mundo actual. Quizás sea lo que, con palabras distintas
pero con significado parecido, plantean los zapatistas cuando llaman a luchar
"por la humanidad y contra el neoliberalismo". Por cierto, una diferencia
evidente es que el EZLN no ha manejado hasta ahora el concepto de imperio,
pero el neoliberalismo es el nombre económico del capitalismo globalizado,
es el orden presente cuyo guardián es el imperio. Contra el neoliberalismo
o contra el imperio: la palabra es diferente, pero la estrategia idéntica.
Tanto Hardt y Negri como los zapatistas anhelan una convergencia mundial de
las luchas, cuya razón de ser es la conciencia de tener, en todas partes
del mundo, un mismo y único enemigo. Esto no lleva, ni para unos ni
para otros, a plantear una organización unitaria y centralizada, sino
una red horizontal de las luchas y las "bolsas de resistencia".
Sería inútil recordar que el zapatismo se esforzó por
llevar a la práctica estas propuestas, organizando el Encuentro Intercontinental
por la Humanidad y contra el Neoliberalismo de 1996, antes de que tomen forma,
por otros rumbos, de Seattle a Génova, pasando por Porto Alegre (el
libro de Hardt y Negri fue escrito antes de estas movilizaciones, que obviamente
fortalecen sus planteamientos).[7] Por la humanidad y contra el neoliberalismo:
los dos elementos de esta expresión se definen mutuamente, de tal suerte
que si bien supera las definiciones clasistas tradicionales, también
se aleja de un humanismo abstracto que no sabe identificar su enemigo ni criticar
las condiciones de su actual imposibilidad. Se trata aquí de una humanidad
que sabe reconocer en la mercantilización del mundo lo que impide su
plena realización, de una humanidad que contempla su diversidad y el
reconocimiento de sus diferencias como la base sobre la cual construirse como
comunidad. Se trata de la multitud. ¿No son entonces la lucha por la
humanidad y contra el neoliberalismo y la de la multitud contra el imperio
dos formulaciones distintas para un mismo planteamiento estratégico?
Pre, pos, anti, contra: ¿por dónde ir cuando termina la modernidad?
El imperio, a la vez extendido al planeta e intensivo en sus mecanismos de
control biopolíticos, tiene todas las apariencias de un poder absoluto
e invencible. Los autores aceptan estos signos de omnipotencia, pero se interesan
más por descubrir y subrayar las potencialidades liberadoras presentes
en el mundo imperial. En su opinión, el imperio aumenta -por lo menos
virtualmente- los poderes de la multitud que, a pesar de haber quedado hasta
la fecha controlados e integrados, podrían pasar de lo virtual a lo
real. Incluso, las posibilidades de liberación resultan ahora mayores
que durante la fase moderna del desarrollo capitalista. Tanto optimismo puede
no convencer, pero hay que reconocer que los autores tienen algunos argumentos
a su favor: a pesar de la expansión de su capacidad de control (reactiva
y no creativa, dicen Hardt y Negri), el imperio genera lógicamente
(y prácticamente, desde Seattle) una resistencia mundial de la multitud
y ésta llega a enfrentarse sin mediación con el imperio, lo
que le da una mayor potencialidad de rebeldía. Ya no encuentra en su
camino los obstáculos de la representación moderna (partidos
y organizaciones de vanguardia) y del estado-nación (ya que el nacionalismo
fue el arma más eficaz para derrotar al movimiento obrero cuando, a
principios del siglo XX, había alcanzado su fuerza máxima, mientras
que las revoluciones victoriosas asumieron una lógica de defensa del
estado-nación que terminó por volcarse en contra de los objetivos
revolucionarios).
Por lo tanto, los autores insisten en que no se puede luchar contra la dominación
actual adoptando el punto de vista de la modernidad. Una crítica moderna
del presente resultaría tan equivocada como una supuesta crítica
posmoderna. De ahora en adelante, las formas pertinentes de lucha deben inscribirse
a la vez dentro y en contra del imperio. Si Hardt y Negri invitan a ir "más
allá de la modernidad", la postura que proponen parece consistir
en ubicarse a la vez dentro y en contra de la posmodernidad (plantean salir
adelante "hundiéndose en la virtualidad biopolítica"
y evocan las condiciones de una "revolución posmoderna contra
el imperio"). Entonces, ¿una contra-posmodernidad? Por eso se
lanzan con entusiasmo en el análisis de la sociedad posmoderna, para
criticarla pero también para rescatar y prolongar sus potencialidades
liberadoras. Sobran los momentos en que Hardt y Negri parecen seguir a M.
Castells y acercarse a una apología de (las virtualidades de) la sociedad
de la información.[8] De forma más general, se les podría
cuestionar por reproducir, frente a la sociedad posmoderna, una actitud formalmente
parecida a la de Marx y Engels frente a la modernidad de su tiempo, por ejemplo
cuando llegan a considerar positivos los fracasos de los proyectos revolucionarios
a lo largo del siglo XX, por haber obligado al capitalismo a reorganizarse
bajo la forma imperial, aumentando así las posibilidades de liberación.
Por cierto, ya no se trata del "optimismo fatalista" de los autores
del Manifiesto (Löwy, 1998: p. 104), ya que, para Hardt y Negri, la realización
de esas virtualidades liberadoras no está de ninguna manera garantizada;
pero recuerda demasiado el modernismo de Marx y Engels, quienes a veces celebraron
el desarrollo burgués de las fuerzas productivas por acercar la hora
de la liberación comunista (aunque en otras ocasiones tuvieron que
reconocer las "peripecias espantosas" que dicho desarrollo imponía
a la humanidad). A la crítica moderna de la modernidad capitalista
de Marx y Engels (es decir insuficientemente crítica, y demasiado apegada
a una visión lineal de la historia, impulsada por un progreso ineluctable
hacia su final feliz), respondería entonces la crítica posmoderna
de la posmodernidad de Hardt y Negri (con el riesgo de producir una crítica
que comparta algunas cegueras con el objeto de su crítica). Las salidas
a las cuales miran Hardt y Negri, al igual que las más recordadas de
Marx y Engels, parecen estar siempre hacia adelante; y unos como otros parecen
igualmente preocupados por orientar su pensamiento en el "sentido de
la historia" y por excluir cualquier referencia al pasado, lógicamente
sospechosa. Es aquí donde la experiencia zapatista podría objetar
la posibilidad de otras figuras temporales, de otra articulación de
los tiempos históricos. De hecho, Hardt y Negri no parecen considerar
la fecundidad de una postura como la que asume el movimiento zapatista al
proclamar que "la mejor forma de avanzar es para atrás" y
al definirse como una rebelión que ha puesto "un pie en el pasado
y otro en el futuro".[9] En eso, se inscribe lo que M. Löwy ha llamado
el romanticismo revolucionario, del cual la vena modernista del marxismo no
supo ver la importancia, y que plantea "no un regreso al pasado sino
un rodeo por el pasado, para proyectarse hacia el futuro" (Löwy
y Sayre, 1992).
Por otra parte, Hardt y Negri insisten en que no hay salidas sino a través
de movilizaciones planetarias y en la realización de las potencialidades
universales del mundo imperial. Pero esto les lleva a rechazar cualquier planteamiento
de tipo local, que además de poder volverse retrógrada o fascistizante,
reivindica siempre, según ellos, una identidad particular que impone
límites a la subjetividad. Entonces, "el imperio no puede combatirse
sino al mismo nivel de generalidad", y
no podemos resistir[le] mediante un proyecto enfocado a una autonomía
local y limitada. No podemos volver a una forma social anterior, cualquiera
que sea, ni tampoco caminar hacia adelante de manera aislada. Tendremos más
bien que pasar a través del imperio para salir del otro lado.
Multiplicando las afirmaciones de este tipo, Hardt y Negri mantienen a lo
largo del libro una estricta oposición entre lo local y lo universal,
postulando su completa incompatibilidad. Al contrario, el movimiento zapatista
invita a superar este planteamiento, ya que su experiencia demuestra la posibilidad
de luchar conjuntamente por una autonomía localizada y por una convergencia
planetaria de las resistencias. De igual manera que buscan en el pasado no
un modelo que repetir sino un punto de apoyo para lanzarse creativamente hacia
el mañana, los zapatistas reivindican particularidades culturales viendo
en ellas no límites en donde encerrarse sino un punto de apoyo para
lanzar puentes hacia otras diferencias y construir así la comunidad
planetaria. Una de las aportaciones determinantes del zapatismo es su esfuerzo
práctico para articular dimensión local y perspectiva universal.[10]
Es cierto que, en una ocasión, Hardt y Negri llegan a admitir la posibilidad
de esta articulación:
si derribamos las murallas que encierran lo local [...], podemos conectarlo
directamente con lo universal. Lo universal concreto es lo que permite a la
multitud pasar de un lugar a otro y apropiárselo (Hardt y Negri, 2000:
p. 437).
Es cierto también que los autores insisten en el valor liberador de
la movilidad y el nomadismo, proponiendo un análisis brillante de los
fenómenos migratorios como forma de la lucha de clases en la posmodernidad
imperial y celebrando a los migrantes -tanto en sus anhelos como en sus sufrimientos-
como los verdaderos "héroes poscoloniales".[11] Sin embargo,
el movimiento zapatista sugiere que Hardt y Negri se proyectan de manera demasiado
inmediata hacia lo universal, sin tomar en cuenta las experiencias particulares
como condiciones de realización de lo universal concreto (al igual
que se proyectan en el futuro sin considerar al pasado más que para
rechazarlo).[12] Al tener las particularidades locales por limitaciones que
deben superarse, ¿no es que se repite el esquema tradicional (es decir,
moderno) de una universalidad basada en la homogeneización? Por cierto,
en el caso de Hardt y Negri, no se trata de una universalidad postulada por
abstracción, sino históricamente alcanzada como característica
de la multitud en la época imperial. Pero, además de reivindicar
lo que constituye la humanidad como "una especie común",
¿no sería útil prestar atención a las experiencias
específicas que siguen existiendo en su seno y plantear que la humanidad
puede construirse como comunidad a partir del diálogo de sus diferencias?
¿No resultaría peligroso olvidarnos del principio enunciado
por la mayor Ana María: "Somos iguales porque somos diferentes"?
Algunos de los planteamientos más originales del libro de Hardt y Negri
se ubican en su crítica posmoderna de la posmodernidad, en su visión
de las potencialidades liberadoras de la posmodernidad imperial. Pero la experiencia
zapatista sugiere que su postura es algo unilateral: unilateralmente hacia
adelante, unilateralmente hacia lo universal.[13]
¿Qué hacer (con el estado-nación)?
Hardt y Negri sostienen que, en el mundo imperial, es inútil luchar
en nombre del estado-nación o concebirlo como una protección
frente a las fuerzas supranacionales del capital mundializado; de ahora en
adelante, las formas pertinentes de lucha se inscriben dentro y contra el
imperio, como contramundialización o contraimperio ("Es un error
grave sentir cualquier forma de nostalgia por los poderes del estado-nación,
o intentar resucitar una política de celebración de la nación.
Estos esfuerzos son vanos porque el ocaso del estado-nación [...] es
un proceso estructural e irreversible"). Esta posición no está
determinada únicamente por el nuevo contexto imperial, sino que los
autores la fundamentan en una lectura muy crítica -¿cuasi un
odio?- de la función histórica del estado-nación como
forma moderna de la soberanía, o mejor dicho como "principio de
la forma contrarrevolucionaria de la modernidad". Incluso cuando tiene
apariencias democráticas, la idea de nación somete a la multitud
a la representación de un supuesto interés general (y se esfuerza
por negar o desaparecer, en nombre de la igualdad formal y la unidad nacional,
todas las diferencias reales que podrían poner en riesgo una cohesión
tan débil que no puede afirmarse sino como homogeneización).
Prepara así la imposición del poder de estado que, a pesar de
tener su principio en el pueblo, se erige en encarnación del interés
general, se separa de él y termina oponiéndose a él.
En cuanto a la nación y sus mitos, es sabido que son una construcción
del estado, que necesita, en su proceso formativo, asegurar la fidelidad de
los ciudadanos y garantizar su superioridad respecto a cualquier forma anterior
de lealtad (ver Hobsbawm, 1990, y Löwy, 1997).
Hardt y Negri reconocen plenamente el carácter progresista del nacionalismo
subalterno, la legitimidad del derecho a la autodeterminación y la
pertinencia histórica de las luchas antimperialistas de liberación
nacional. Pero consideran que el valor positivo de dicho nacionalismo se mantiene
únicamente mientras la nación anhelada todavía no existe
y desaparece cuando se constituye en estado soberano: "Desde India hacia
Argelia y desde Cuba hacia Vietnam, el estado es el regalo envenenado de la
liberación nacional". El estado nacional se vuelve opresor (basta
recordar los kabiles de Argelia), impone la dominación de un nuevo
grupo dirigente y termina siendo un instrumento de integración y subordinación
a las jerarquías del mercado mundial. El resultado, opuesto al proyecto
de independencia, provoca frustraciones y crisis en la mayoría de los
estados descolonizados (Argelia, otra vez). Finalmente, los autores subrayan
la ambigüedad constitutiva del principio nacional (históricamente
inseparable de los procesos formativos del estado), a la vez liberador (frente
al exterior) y opresivo (en el interior).
Éste será probablemente uno de los aspectos más debatidos
del libro.[14] Por lo tanto, aquí entraremos poco en la discusión
relativa al estado, sin poder ignorarla del todo, ya que se trata del punto
en que Hardt y Negri más ponen a prueba la posición asumida
por el EZLN. Mejor dicho, su tesis principal al respecto choca frontalmente
con la opción expresada en varias ocasiones por el Subcomandante Insurgente
Marcos: "los zapatistas piensan que, en México [ojo: en México]
la recuperación y defensa de la soberanía nacional es parte
de una revolución antineoliberal [...] piensan que es necesaria la
defensa del estado nacional frente a la globalización" (Subcomandante
Insurgente Marcos, 1997: p. 140). Sin embargo, es imposible reducir la posición
zapatista a una simple defensa del estado-nación, y debemos plantear
una doble articulación que modifica su significado y le quita a la
referencia al marco nacional su valor absoluto. De un lado, tales afirmaciones
confluyen con el llamado a construir una "internacional de la esperanza"
y la definición de la dignidad como una "patria sin nacionalidad
que [...] se burla de fronteras, aduanas y guerras"; del otro, la defensa
de la soberanía nacional se combina con el abandono de la lucha por
el poder de estado y la afirmación de la preeminencia de la sociedad
en busca de su autorganización. Entonces, el EZLN reivindica el estado
contra la globalización neoliberal, pero también la sociedad
contra el estado y la movilización de la multitud por encima de las
fronteras nacionales.
Dicha posición podría aparecer como la expresión de una
conciencia clara de la ambigüedad del principio nacional, enunciada por
Hardt y Negri. La defensa zapatista de la soberanía nacional se refiere
a las virtudes liberadoras del estado-nación (hacia el exterior), mientras
el planteamiento de la autonomía (como reconocimiento de la autodeterminación
de los pueblos indígenas y como regla de autogobierno de la sociedad)
pretende eliminar su dimensión opresiva (hacia el interior). Se trataría
de conservar la cara buena del estado-nación, deshaciéndose
de la mala. Pero, ¿es esto un planteamiento novedoso y creativo o una
paradoja insostenible o por lo menos de poca credibilidad? ¿Se puede
redimir al estado-nación dividiéndolo o es el Jano que describen
Hardt y Negri? ¿No sería el estado mexicano independiente el
que ha permitido el mayor despojo de tierras comunales y la más ofensiva
negación de los pueblos indígenas? ¿No sería una
ilusión considerar como rasgo de una independencia inconclusa el hecho
de que no ha habido en la bandera nacional un lugar digno para sus habitantes
originales, cuando esta situación deriva del proyecto mismo del estado
nacional y su lógica homogeneizante? ¿No se hace aun más
fuerte la paradoja cuando Marcos subraya, juntando la crítica del estadocentrismo
de las revoluciones pasadas y el análisis de la globalización
capitalista, que "el lugar del poder está desde ahora vacío"
y que "el centro del poder ya no está en los estados-nación.
Entonces, no sirve de nada conquistar el poder"?[15]
¿Adónde nos puede llevar una lucha por la defensa de la soberanía
nacional si no enfrenta las fuerzas transnacionales del capital y su gobierno
imperial que someten a los estados a sus mandatos? Quizás podría
haber consenso en el siguiente punto: una movilización planetaria es
indispensable para alcanzar resultados profundos y duraderos, y por tanto
hay que reconocerles una primacía a las luchas antimperiales (es decir,
por la humanidad y contra el neoliberalismo). Pero, una vez reconocido esto,
¿habrá que renunciar a cualquier reivindicación en el
marco nacional? ¿Habrá que dejar de defender instituciones de
protección social (cuando las hay) o de combatir privatizaciones? ¿Habrá
que abandonar toda preocupación nacional o será posible integrarlas
en una perspectiva de lucha planetaria? En relación a este debate,
algunas aclaraciones podrían resultar útiles. En primer lugar,
Hardt y Negri ponen en cuestión el discurso común sobre la desaparición
de los estados frente a la globalización de la economía -más
que nada un rasgo de la omnipresente ideología liberal y su guerra
santa contra el estado.[16] Sabemos que el mercado siempre ha necesitado del
estado y que los mismos liberales vieron en éste la herramienta indispensable
para crear y preservar las condiciones de una economía de libre mercado
(función hoy transferida al imperio). Y de hecho, la actual ofensiva
antiestatal tiene blancos claramente delimitados (papel del estado en la producción
de bienes y servicios, límites a la libertad empresarial y los flujos
comerciales y financieros, estructuras de protección social mediante
las cuales el capitalismo keynesiano buscaba un compromiso integrador de las
clases trabajadoras, pero ahora incompatibles con la exigencia de reducción
del costo del trabajo), mientras todo lo demás sigue siendo indispensable
(seguridad interna y externa, garantías ofrecidas a los mercados y
socialización de las pérdidas). Se trata, entonces, de una recomposición
de las funciones del estado y de una acentuación de su subordinación
a las fuerzas económicas. Siguiendo a Hardt y Negri,
a pesar de que las sociedades transnacionales y sus redes mundiales de producción
e intercambios hayan zapado el poder de los estados-nación, el estado
sigue funcionando y sus elementos constitutivos se han desplazado hacia otros
planos y en otros sectores [...] La política no desaparece: lo que
desaparece es la noción de autonomía de lo político.
Hardt y Negri no creen en la desaparición de los estados nacionales:
siguen existiendo como administración local del imperio (la esencia
de su soberanía ha desaparecido). Insisten en que tanto los estados
dominantes del G-7 como los demás asumen un papel decisivo en la pirámide
del imperio, en primer lugar porque son los encargados de hacer cumplir los
mandatos imperiales y de garantizar la obediencia de la multitud:
Son los reguladores de la articulación de la autoridad imperial; toman
y distribuyen los flujos de riqueza destinados al poder mundial o provenientes
de él y disciplinan a sus propias poblaciones, en la medida en que
esto sigue siendo posible.
Tal es su importancia que los autores subrayan que sólo las administraciones
nacionales pueden asegurar la eficacia local del imperio (por su capacidad
de tomar en cuenta las diferencias y especificidades de cada población):
"La autonomía local [de los estados nacionales] es una condición
sine qua non del desarrollo del régimen imperial". Entonces, ¿no
debería de incluirse, entre las características locales que
las administraciones nacionales deben considerar, el nivel de resistencia
de sus poblaciones y su propia tradición de lucha? ¿Las movilizaciones
nacionales no podrían por lo menos obligar a los estados a adaptar
las reglas imperiales o incluso a suspender la aplicación de las que
más rechazo provocan; en fin, a mediar unas concesiones que el imperio
aceptaría como condición de la salvaguarda de su dominación?
En resumen, Hardt y Negri invitan a una lectura muy crítica del estado-nación
y sus ilusiones, que podría resultar muy útil para que una eventual
concepción renovada del estado nacional procurara no repetir sus limitaciones
y errores pasados. Sin embargo, cuando Hardt y Negri establecen una contradicción
absoluta entre lucha nacional y perspectiva mundial, parecen ignorar una posición
como la de los zapatistas, que busca articularlas. De hecho, ¿no sería
posible una visión más flexible de la relación entre
pertenencia nacional y conciencia planetaria, en vez de postular su incompatibilidad
y de negar una en aras de la otra? ¿Una relación evolutiva que
permita la atenuación de la primera en la medida en que se fortalezca
la segunda, pero no la negación inmediata de ésa (en contra
de las subjetividades)?
o
Hemos intentado identificar convergencias y cuestionamientos cruzados. Las
primeras parecen lo suficientemente claras como para esforzarse en fortalecerlas
y tal vez para sugerir algunas inflexiones recíprocas. Un punto recurrente
en las presentes observaciones puede describirse como una diferencia de actitud.
En el pensamiento de Hardt y Negri advertimos una radicalidad relacionada
con su opción anticipadora. Buscan lo más nuevo de lo actual
para deducir por dónde nos lleva el sentido de la historia, con el
riesgo (paradójico) de reproducir una visión lineal de la historia
característica de una modernidad que los mismos autores atribuyen a
un pasado irremediablemente superado. En cambio, los zapatistas parecen más
entrenados para dibujar insólitas articulaciones de lo local, lo nacional
y lo planetario, para "puentear" entre el pasado y el futuro en
búsqueda de improbables conjunciones de temporalidades discordantes.
Tal vez las dos actitudes no son tan incompatibles como parecen, y podría
ser una tarea de las futuras luchas antimperiales llevar a cabo su reconciliación.
Notas:
[1] Michael Hardt y Antonio Negri, Empire, Harvard University Press, 2000.
Utilicé la versión francesa (Éxils, París, 2000);
las traducciones de las citas al español son mías [N. de A.].
[2] Además, ubicarnos en la fase terminal del capitalismo recuerda
una larga historia de pronósticos fallidos, en particular de los teóricos
antimperialistas a principios del siglo XX. Al respecto, Hardt y Negri observan
que de cierta forma Rosa Luxemburgo tenía razón: el imperialismo
llevaba al capitalismo a la tumba, y lo hubiera hecho... de no haberse logrado
el paso a la configuración imperial: "El imperialismo hubiera
sido la muerte del capitalismo, si no hubiera sido superado. La realización
completa del mercado mundial significa necesariamente el fin del imperialismo"
(Hardt y Negri, 2000: p. 404).
[3] Es decisivo el análisis de las formas biopolíticas de control,
y en particular de su tendencia a eliminar la distinción entre la esfera
de la producción y la de la reproducción social.
[4] Sobre el concepto de sociedad civil, ¿negador de las luchas de
clases o capaz, a contrapelo de su genealogía liberal, de incluirla?:
ver el debate en Chiapas, n. 12, 2001 (artículos de A. Boron, J. Holloway,
E. Sader, S. Tischler).
[5] Mensaje del Subcomandante Marcos en el Instituto Politécnico Nacional
(16 de marzo del 2001).
[6] "Nos diste la orden de llevar con dignidad el nombre de zapatistas
y con dignidad lo llevamos [...] Nos dijiste que lleváramos la demanda
del reconocimiento de nuestros derechos y cultura hasta arriba y eso hicimos
[...] Te devuelvo el bastón de mando, compañero, compañera"
(Subcomandante Insurgente Marcos, Oventic, 1° de abril de 2001).
[7] Por lo tanto, Hardt y Negri subestiman notablemente el alcance del zapatismo,
al incluirlo en una serie de luchas de los años noventa, calificadas
como novedosas pero aisladas, incapaces de comunicarse entre sí y de
identificar el enemigo mundial común. Estas últimas afirmaciones
mal se aplican a la experiencia zapatista.
[8] Un punto central es el entusiasmo por las formas del trabajo inmaterial
en la sociedad de la información: "Un trabajo que moviliza la
totalidad de los cuerpos y los cerebros, de sus afectos y sus deseos",
un trabajo que incluye la creatividad y la afectividad del contacto humano,
de tal suerte que "la cooperación intersubjetiva se vuelve inmanente
a la actividad laboral" y "parece proporcionar el potencial para
una especie de comunismo espontáneo y elemental". Enfocar el análisis
en las formas más avanzadas del trabajo puede resultar una eficaz postura
de anticipación, pero podría resultar contraproducente olvidarse
de la mayoría de los explotados, cuyo trabajo deja poco o ningún
espacio a la creatividad y los afectos (¿no recuerda el privilegio
teórico del obrero industrial a lo largo del siglo XX, mientras los
campesinos eran los actores revolucionarios principales?).
[9] Sobre la relación pasado/futuro en las concepciones zapatistas,
me permito remitir a Colectivo Neosaurios, 2000, pp. 7-33, y a mi libro, Baschet,
2002.
[10] Sobre la articulación de lo local y lo universal y la perspectiva
de un nuevo universalismo, remito a Baschet, 2000 y 2002.
[11] El tema del nomadismo se relaciona con el del mestizaje y también
con la sugestiva reivindicación de la deserción como táctica
frente al imperio ("las batallas contra el imperio podrían ganarse
por escapatoria o por deserción. Esta deserción no tiene lugar
específico, consiste en la evacuación de los lugares de poder").
[12] Argumenté (Baschet, 2002) que, frente a la deslocalización
generalizada que avanza al ritmo de la globalización neoliberal, el
movimiento zapatista sugería la reivindicación de una lógica
de los lugares en la cual la localización de las experiencias, articulada
con la construcción de la "comunidad planetaria", está
asumida como condición de su plena realización humana. Hardt
y Negri invitan a precisar que la lógica de los lugares debe combinarse
con el derecho de trasladarse libremente de un lugar a otro. Recíprocamente,
debería reconocerse que el elogio del nomadismo no niega el derecho
a quedarse y a no ser forzado a desplazarse.
[13] Los dos puntos están estrechamente relacionados. La desaparición
de la sustancia de los lugares en el mundo posmoderno viene planteada en la
obra ya citada de M. Castells como un hecho consumado. Para quienes adoptan
este punto de vista, está claro que no tiene sentido reivindicar una
lógica de los lugares. Sin embargo, considero que la deslocalización
es un proceso tendencial que no puede ser totalmente realizado y que coexiste,
necesariamente, con la resistencia de los lugares.
[14] Ver el debate abierto en Chiapas, n. 12.
[15] En otra entrevista (entrevista con Julio Scherer, Proceso, 11 de marzo
de 2001: p. 12), Marcos insiste en que "en México debe reconstruirse
el concepto de nación, y reconstruir no es volver al pasado, no es
volver a Juárez ni al liberalismo frente al nuevo conservadurismo.
No es esa historia la que tenemos que rescatar. Debemos reconstruir la nación
sobre bases diferentes, y estas bases consisten en el reconocimiento de la
diferencia".
[16] En esto se le puede dar la razón a A. Boron (Boron, 2001).
Bibliografía
Baschet, Jérôme, "(Re)discutir sobre la historia",
Chiapas, n. 10, Instituto de Investigaciones Económicas-Universidad
Nacional Autónoma de México-Era, México, 2000.
---, L'étincelle zapatiste. Insurrection indienne et résistance
planétaire, Denöel, París, 2002.
Boron, Atilio, "La selva y la polis. Interrogantes en torno a la teoría
política del zapatismo", Chiapas, n. 12, Instituto de Investigaciones
Económicas-Universidad Nacional Autónoma de México-Era,
México, 2001.
Brand, U., "¿Entre la globalización neoliberal y el estado
benefactor? El debate sobre Global Governance", Chiapas, n. 10, Instituto
de Investigaciones Económicas-Universidad Nacional Autónoma
de México-Era, México, 2000.
Colectivo Neosaurios, "La rebelión de la historia", Chiapas,
n. 9, Instituto de Investigaciones Económicas-Universidad Nacional
Autónoma de México-Era, México, 2000.
Hardt, Michael y Toni Negri, Empire, Éxils, París, 2000; la
versión original está editada por Harvard University Press.
Hobsbawm, E., Nation and Nationalisms since 1780. Program, Myth, Reality,
Cambridge University Press, Cambridge, 1990.
Löwy, Michael, Patries ou planète? Nationalismes et internationalismes,
de Marx à nos jours, Page Deux, Lausanne, 1997.
---, "Ética y rebelión a 150 años del Manifiesto
comunista", en G. Almeyra (coord.), Mundialización e internacionalismo:
actualidad del Manifiesto comunista, La Jornada Ediciones, México,
1998.
--- y R. Sayre, Révolte et mélancolie. Le romantisme à
contre-courant de la modernité, Payot, París, 1992.
Subcomandante Insurgente Marcos, "Siete piezas sueltas del rompecabezas
mundial", Chiapas, n. 5, Instituto de Investigaciones Económicas-Universidad
Nacional Autónoma de México-Era, México, 1997.
---, La dignité rebelle (conversations de I. Ramonet avec le sous-commandant
Marcos), Galilée, París, 2001.
Wallerstein, I., Después del liberalismo, Siglo XXI, México,
1996.
---, "¿Superpotencia?", La Jornada, México, 10 de
noviembre de 2001.
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