EJERCICIO DE LA CIUDADANÍA Y DESOBEDIENCIA CIVIL.
Angelina Uzín Olleros
Profesora de Filosofía
"¿Qué es una sociedad decente?. La respuesta que propongo es, a grandes rasgos, la siguiente: una sociedad decente es aquella cuyas instituciones no humillan a las personas". Avishai Margalit. La sociedad decente.
El ciudadano es aquel que no sólo conoce sus derechos, sino también los mecanismos de reclamo. Un estado de derecho es aquel que garantiza, constitucionalmente en el caso de nuestro país, los derechos fundamentales de sus integrantes. Así de simple y de complejo.
No basta con votar a nuestros representantes, los derechos políticos no se agotan en esa instancia electoral de elegir en un cuarto oscuro e introducir en una urna una opción partidaria o ideológica.
Sin caer en lo que puede entenderse como "voto calificado", podemos afirmar la necesidad de conocimiento y comprensión de un proyecto de país y de nación al que aspiramos, como un colectivo de sujetos que desean ser portadores de las garantías constitucionales junto a los deberes que conllevan a una organización civilizada.
Esa forma de organización sostenida desde los derechos civiles y políticos debe provenir de un conjunto que aspira a la igualdad de oportunidades y al goce de sus necesidades al fin satisfechas: salud, educación, trabajo, vivienda digna.
Ejercer la ciudadanía es un trabajo diario, cotidiano, que comienza con la convicción de ser sujetos de derecho; pero para lograr eso debemos autocomprendernos como sujetos valiosos -siguiendo con la afirmación de Fichte en Acerca de la dignidad humana -.
Saber(se) portador de los derechos, entendiendo a éstos como conquistas sociales, significa entender(se) como sujetos valiosos y dignos, que deben reclamar para sí aquello que les posibilita vivir como seres humanos.
Cuándo y bajo qué condiciones de vida un sujeto puede autocomprenderse como un sujeto valioso y portador de esos derechos civiles y políticos. Cuando, desde que nace, vive en condiciones dignas, que le posibilitan una buena alimentación, educación, atención de su salud, aceptación por parte de los otros, respeto y consideración hacia él como ser humano.
Sin duda alguien que crece en condiciones infrahumanas, difícilmente pueda verse a sí mismo como un ser valioso que merece vivir dignamente y que tiene el derecho (¿el deber?) de reclamar para sí las condiciones que hacen posible una vida humana en plenitud.
No decimos que resulte imposible para aquellos que nacieron en una villa miseria o en una favela, luchar por sus derechos y reclamar por ellos. Pero las condiciones que se presentan en la pobreza y la marginalidad, no favorecen esa construcción social.
Los pueblos aprendieron dolorosamente a luchar por sus derechos y a ejercitar la desobediencia civil. En esto los argentinos/as no escapamos a ese "designio". Cuando el agua llegó al cuello salimos a la calle a protestar, a resistir, a expulsar a nuestros gobernantes; hartos de las injusticias, la corrupción y la inoperancia de la clase dirigente.
Resistir y desobedecer también son derechos; parafraseando a Kant: "nadie está obligado a cumplir con una orden que repugne su conciencia moral". Y nosotros como pueblo y como ciudadanos no podemos (ni debemos) estar obligados a obedecer las medidas que deciden nuestros ministros, amparados por el poder de turno, si éstas contradicen nuestra conciencia colectiva.
Entendemos a la conciencia colectiva como aquella que desde la misma necesidad de autoconservación nos marca el límite entre lo posible y lo denigrante.
¿Cómo hemos llegado a este estado de cosas en Argentina?. Como dice el poeta "...golpe a golpe, verso a verso...". Golpes militares, golpes de mercado, golpes financieros, golpes económicos... Golpes que rompieron las continuidades democráticas, golpes sumados a todos los versos que nos contaron desde la tribuna política, las unidades básicas y las casas partidarias.
Privatizaciones, hiperinflaciones, devaluaciones, deudas externa e interna. Falsa conciencia por donde miremos nuestro pasado institucional; amnesias, ingenuidades, minoría de edad (entendida como dependencia ideológica), alienaciones. Cobardía y/o comodidad de la clase media que hoy ha dejado de ser el "medio pelo".
Y el poeta nos advierte: "...caminante no hay camino se hace camino al andar; caminante son tus huellas el camino y nada más...". Si Argentina es los argentinos, no les queda otra opción a los ciudadanos argentinos que andar y hacer camino.
Decidir por nosotros mismos y en honor a las futuras generaciones, cuál será el destino final, caminar nosotros marcando el rumbo.
Cuando en 1853 la Honorable Asamblea Constituyente redactó nuestra Constitución inspirada en la de los Estados Unidos de América pasó por alto el derecho a la rebelión de los pueblos y también se olvidó de aquello que Thomas Jefferson escribió en la Declaración de Independencia del país del Norte: "...que todos los hombres son creados iguales; que son dotados de su creador de ciertos derechos inalienables; que entre éstos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad...".
La felicidad también es un derecho, y al parecer debemos conseguirla a fuerza de resistencia y desobediencia civil. Caminantes no hay camino, se hace el camino al andar, golpe a golpe, verso a verso...
Si "... al volver la vista atrás se ve la senda que nunca se ha de volver a pisar... "; debemos decidir que en esa senda del pasado de este país del Sur, queden todos los golpes y que éstos puedan ser reemplazados por la resistencia de los ciudadanos a la indignidad. Que queden atrás todos los versos, para que sean sustituidos por la búsqueda de la felicidad colectiva.
Porque es muy injusto y hasta muy aburrido ser feliz en soledad.
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