"La huella y la Oquedad de las palabras."
Por: Carlos Bernarndo Skliar.
> Donde no estoy, las palabras me encuentran .
Manoel de Barros. (Livro sobre Nada).
> Todo lo que ha ocurrido teme a su palabra.
Elias Canetti. (Toda esta admiración dilapidada).
> No todas las palabras convienen a todas las bocas.
Friederich Nietzsche. (Así habló Zaratustra).
La huella y la oquedad de las palabras.
Fuimos seres de palabras, en palabras, por palabras, entre palabras, sin palabras.
La palabra es, si se quiere, la ambigüedad que se establece antes de cada paso, de cada latido, de cada pérdida y cada reinvención del pensamiento. Nos duele la palabra, amamos la palabra, subimos la palabra, bajamos la palabra, heredemos la palabra y destituimos la palabra de su más noble historia.
A cada pronunciación hacemos y nos hacen algo con la palabra: amamos y odiamos, escapamos y volvemos, nos quedamos en silencio y huimos, destrozados, del silencio.
Somos seres de palabras, en palabras, por palabras, entre palabras, sin palabras.
La palabra fue, si se desea, la ambivalencia de cada día, a cada día, en cada día. Usamos la palabra para acercarnos y para alejarnos, para (bien)decirnos y para (mal)decirnos, para poetizarnos y para sujetarnos, para vivir en la palabra y para separarnos de una vez de todas las palabras. A cada palabra le sigue un temblor, una cerrazón, una cándida inquietación, una brutal aflicción.
Seremos seres de palabras, en palabras, por palabras, entre palabras, sin palabras.
La palabra será siempre, por así decirlo, nuestra más tierna y desoladora confusión. Nos confundimos de palabras, en palabras, por palabras, sin palabras. En cada palabra vemos el ardor de la palabra, el cuerpo de la palabra, la desnudez de la palabra, la inevitable hecatombe de la palabra. Nos decimos las palabras y, al mismo tiempo, nos entendemos y desentendemos; estamos de acuerdo y discordamos; rendimos pleitesía y blasfemamos; detenemos las sílabas para sólo habitar el pasado y, también, nos abandonamos hacia el porvenir.
Fuimos, somos y seremos seres de palabras, en palabras, por palabras, entre palabras, sin palabras.
No hay diccionario que pueda ser aquello que fue, es y será la palabra. En el diccionario la palabra es un deber ser ontológico. En él reposan sólo los restos aparentes de las palabras, su estática languidez, su verdad siempre temblorosa y aterrorizada. Allí se fija sólo el doble virtual de la palabra, la virtualidad del qué decir ante ningún rostro, la virtualidad del qué quiere decir decir.
En el diccionario hay cadáveres de palabras, no palabras. En el diccionario está la sombra de la palabra. Y al cerrar el diccionario comienza la rebelión de la palabra, la danza de la palabra, la abertura infinita de la palabra.
Por ello, no se ha de buscar en el diccionario aquello que no se ha buscado en la vida. No se ha de encontrar en el diccionario aquello que no se ha encontrado en la vida. No se ha de saber en el diccionario aquello que no se ha sabido en la vida.
La palabra sobrevive e antevive al diccionario. Diría, inclusive, que la palabra vive otra vida que la del diccionario. Pues el diccionario no está hecho de palabras sino de espectros de palabras. La definición de una palabra es el fantasma de otras palabras. Por otro lado, las palabras quieren y requieren de libros de arena, de libros de barro, de libros de almendras, pero no de diccionarios.
Hacer de la vida de la palabra la lujuria espeluznante del diccionario, es como hacer del otro un eco previsible, una voz que sólo sabe replicar, la contestación apenas tímida de una tímida palabra.
Entonces escribir no es ordenar las palabras. Al ordenarlas, lo que se escribe ya estaba escrito de antemano. Al sujetarse a la gramática, lo que se escribe ya estaba escrito en las gramáticas. Al someterlas a la utopía de la explicación, lo que se escribe es un ignominioso dogma, un sistema de la lengua.
Por eso, como quería Nietzsche, escribir es un acto de danzar con las palabras. Marearse con las palabras. Hundirse en las palabras. Saberse hecho de palabras. Obedecer el ritmo de las palabras. Y celebrar la ambigüedad de las palabras.
Porque la palabra dice, siempre, aquello que el Lenguaje, a veces, calla; aquello que el Lenguaje mal aparenta y mal representa, aquello que el Lenguaje fija, indeleble, en la caducidad de los cuerpos, aquello que el Lenguaje finge de empatía, de relación idílica, de (imposible) equivalencia con el otro, de (inútil) harmonía con lo otro.
Porque la palabra es amar las otras palabras y rehuir, siempre, de las otras palabras.
Porque la palabra es margen, ecuación infinita, erosión de cualquier cuerpo, larga disyunción de toda identidad de la palabra.
Porque la palabra baja por la ladera de la sangre y sube, fatigosa, por la cuesta de la explicación. Baja por la ladera de la piel y sube, enojosa, por la cuesta de la comprensión. Baja por la ladera de otro cuerpo y sube, ensimismada, por la cuesta de la propia soledad.
Fuimos, somos y seremos seres de palabras, en palabras, por palabras, entre palabras, sin palabras.
Porque no hay palabras, sino una larga humillación del no decir.
Porque no hay palabras, sino unos absortos labios entrebiertos.
Porque no hay palabras, sino macabros escondites del alma.
Fuimos seres de palabras, en palabras, por palabras, entre palabras, sin palabras.
Somos seres de palabras, en palabras, por palabras, entre palabras, sin palabras.
Seremos seres de palabras, en palabras, por palabras, entre palabras, sin palabras.
Pues, hay algo de inevitable en las palabras, más allá de las palabras, desde las palabras, sin las palabras.
Y hay dolor en la inevitabilidad de las palabras. Hay dolor, pero no hay tragedia en la inevitabilidad de las palabras.
Pues, como decía Wittgenstein: "El lenguaje es una parte de nuestro organismo" , o como sugiere Octavio Paz: "El hombre es inseparable de las palabras. Sin ellas, es inasible. El hombre es un ser de palabras" , y aún en las palabras de Larrosa: " ... que el hombre es palabra, que el hombre es en tanto palabra, que todo lo humano tiene que ver con la palabra, se dá en palabra, está tejido de palabras, que el modo de vivir propio de ese viviente, que es el hombre, se dá en la palabra y como palabra" .
Es por ello que no hay tragedia ni fatalidad alguna en la inevitabilidad de la palabra, que lo inevitable de la palabra no es lo mismo que la inevitabilidad de la muerte. Porque es a través de las palabra que nos separamos de la muerte, pues la pronunciamos, la decimos -aún en aquello que es indecible- como seres vivos de palabra, como seres vivientes en la palabra.
Sin embargo, puede que haya una diferencia de perspectivas en la inevitabilidad de la palabra, una diferencia puesta en quién es el que se arroga la virtud de las palabras, una diferencia de palabras que crea cada vez más diferencias, diferencias de diferencias.
De modo tal que es posible decir que hay quienes se enamoran de su propia altura y, desde lo más alto de la cima, niegan la posibilidad de las otras palabras; que hay quienes, enraizados brutalmente en el llano no consiguen a su vez soportar la futilidad del silencio; que hay quienes, al hablar, bien podrían no hacerlo, bien podrían dejar de hacerlo; que hay quienes conjugan sólo el verbo de lo mismo, del sí mismo; que hay quienes, con su poesía, bordean sin tocar lo indecible; y que hay también quienes con su palabra nos dan la palabra, nos ofrecen la palabra, nos regalan la palabra, nos donan la palabra.
Digamos de una vez que vivir con la palabra no puede ser administrar la palabra y esconderse detrás de sus efectos más inmediatos. Tampoco puede ser, creo yo, uno de esos juegos burocráticos que consiste en retornar al Origen para otra vez nombrar, ingenuamente, todas las cosas. Y mucho menos puede ser aquel gesto desesperado, sofocante, de negarse a las palabras, es decir, de negarse a la vida, o sea, de postergar para siempre la vida de las palabras.
Vivir con la palabra es, frecuentemente, vivir con la ambigüedad, con la incongruencia, con el malestar y la desdicha que consiste en ilusionarnos con la palabra, con confiar en la palabra, con ir de prisa en pós de la palabra, con ser fervorosos devotos de la palabra. Y en esas circunstancias, pienso, lo mejor que podríamos hacer es acabar de una vez con algunas palabras, decretar el fin de algunas palabras, asesinar finalmente algunas palabras.
Y vivir con la palabra también es, otras veces, el dar la palabra, el ofrecerla, abrir sus lazos, desnudar sus trampas insulsas pero continuar, eso sí, con sus trampas poéticas; brindarla al otro sin pretensión de respuesta alguna, regalar la palabra para que otros hagan lo que bien quieran con la palabra. Y en esas circunstancias, lo mejor que podríamos hacer es reiniciar cada palabra, revivir cada palabra, reinventar cada palabra.
Por ello no hay aquí un elogio a la palabra. Tampoco su desmesura. Ni mucho menos el estruendoso anuncio de que se ha dicho aquello que se quería decir. No hay aquí la confiabilidad de la palabra, la seguridad de la palabra, la confianza en la palabra.
Porque la palabra es, además, la invención de la violencia, la guerra por otros medios, la política por los mismos miedos, la rebeldía de una superficie vana, el hablar sólo de la muerte aún sabiendo de la vida.
Porque la palabra es, también, un largo paréntesis entre el "yo" y el "tú", tan largo que a veces con la palabra no hay como avistarse, como tocarse, como intuirse.
Porque la palabra es, además, la expropiación de la palabra.
Porque la palabra es, también, la negación de los sentidos, la humillación de los sentidos, el despojo de los sentidos.
Por ello, la huella y la oquedad de las palabras.
Porque en cada palabra hay profundidad y vacío. Lejanía y amorosidad. Tiempo y viento. Una palabra que se dice y, a la vez, otra palabra que se desdice. La huella de la palabra y, apenas dicha, la oquedad de la palabra. Y en la oquedad de la palabra, apenas silenciada, otra vez la huella de la palabra.
Porque la palabra nos deja y no nos deja incorporar los cuerpos, descomponer el pensamiento, mirar la mirada, habitar los tiempos y des-tiempos del amor, contradecir lo dicho (y viceversa), desmesurar el tiempo, heredar la poética que es del otro, usar los valores en desuso y, sobre todo, postergar la muerte.
Porque fuimos, somos y seremos seres de palabras, seres en palabras, seres por palabras, seres entre palabras, seres sin palabras.
Poética de la palabra: una ficción que se deshace apenas pronunciada.
Noto una cierta desazón en las palabras cuando las escribo en vez de ser escrito por ellas.
No hay palabras. Hay, eso sí, una desesperada preparación del qué decir.
La oquedad de las palabras no es otra cosa que la huella de su sinsentido precedente.
¿Cuál larga palabra será posible decir para apartar de una vez esa mísera ausencia tuya?
La primera palabra que decimos al nacer es inentendible. A partir de allí, todo lo demás se nos hace inexplicable.
No es la verdad lo que nos mueve, sino lo verosímil. Sólo así puede entenderse cómo lo dicho depende de la boca que se mueve.
Tendría que haber una palabra para acallar de una vez el sinfín de las palabras. Una palabra para matar de una vez todas las palabras. Y que esa palabra, luego, sepa iniciar su más apasionado nacimiento.
Caduca la palabra, pero no su movimiento. Caduca el movimiento, pero no su trayectoria. Caduca la trayectoria, pero no su regreso. Y caduca el regreso, sólo al escribir una nueva palabra.
Quisiera, alguna vez, decir otra cosa que aquello que se me ocurre siempre.
Vaya conclusión: el grito es el fantasma de una palabra que no recordamos nunca.
No me duelen las palabras. Me duelen las palabras que llegan tarde. O, para mejor decir: me duelen las palabras impuntuales.
Palabra que te evita, que te evitará siempre: lealtad.
Valdría la pena detenerse en una larga esdrújula, hasta que el vértigo de la palabra rápida se retire para siempre de este tiempo.
No hay alma que soporte la falta de voz. Y no hay alma que pueda, al mismo tiempo, exagerarse en su silencio.
Antes de decirlo piensa cómo sería lo dicho si el otro te lo dijera.
Y, luego de decirlo, mira si el rostro del otro, por si acaso, te acompaña.
La palabra esconde más de lo que enseña. Y en su turbio escondite se imagina, ilusa, dueña de todas las metáforas.
No poseo más que una idea. Lo demás son palabras que ni yo mismo invento.
Lo que queda de mí después de mi última palabra es un gesto acobardado que apenas si se esconde de tu próxima respuesta.
Deberíamos lograr que las palabras, en vez de erguirse omnipotentes en sus primeras sílabas, se vean obligadas a curvarse hasta convertirse en puras preguntas.
Palabra sórdidamente solitaria: hecatombe.
Porque no existen las palabras sino un curioso y riguroso ejercicio de dejarse de mirar.
Palabra que al apenas acabar de pronunciarse comienza a habitar ominosa dentro de todos nosotros: desasosiego.
No ha de haber mayor desesperación que la de estas frases a la espera de poder decir algo.
Dime, por favor, una palabra que realmente comience en ti y que no necesariamente acabe en mí.
Hay una urgencia desmesurada e indecente por decir no, por negarlo todo. Por negarse a todo.
Y palabra que ha de echarse a andar de boca en boca, totalmente fuera de sí: algarabía.
Nada hay de misterioso en las palabras, a no ser la elección de las palabras. Nada hay de oscuro en las palabras, a no ser la sujeción a las palabras. Nada hay de tormentoso en las palabras, a no ser la rendición a las palabras. Y nada hay de inoportuno en las palabras, a no ser el secreto inconfesable que guardan las palabras.
Palabra que se entrega y que al hacerlo nunca más podrá ser recuperada: sensatez.
No me he dejado vencer por la palabra que buscaba. Por eso, la palabra que te digo, no se parece a nada.
Palabra que te mece pero que no te desespera: levedad.
Toda palabra comienza a hacerse presente en el mismo momento en que el ser acaba por desencontrarse.
Y palabra que te envuelve hasta la sinrazón pero no te retiene en ella: nostalgia.
Todo se fundamenta en un primer error de apreciación en la propia lengua.
Palabra que descubres por vez primera y ya no te deja nunca más en paz: vendaval.
La inconsistencia de las palabras que ahora digo no es más que un largo paréntesis para evitar la inconsistencia de las palabras que ahora prefiero callar.
Palabra que se encierra, que se aísla y ya no te escucha más: desamor.
Ira: palabra que al ser dicha se vuelve azote en nuestro propio rostro.
No hablamos de ciertas cosas para poder seguir hablando de ciertas otras, impunemente.
Herencia. He ahí la palabra que te impone la palabra siguiente.
Hay palabras que se cansan de nosotros mismos. Y que huyen, silenciosas, a buscar otros sentidos.
Pero hay palabras que nos cansan a nosotros mismos. Y que nos hacen abandonar, lentamente, la búsqueda de otros sentidos.
Demasiados adjetivos producen excesivas perfecciones.
Poetizar, para provocar de una vez la muerte súbita de todos los hombres textuales.
¿Conversamos? ¿O seguimos diciendo cada uno sólo cosas para cada uno de nosotros mismos?
Aquello que quiero decir ¿podrá ser dicho? ¿Y quién lo dirá? ¿Yo mismo o mi impaciencia?
¡Si hasta las palabras más nimias han perdido su intimidad!
Si la palabra lo dijera todo ¿qué haríamos con la brisa del ademán? ¿Y dónde dejaríamos todos nuestros toscos cuerpos?
Que las palabras sean, entonces, cada amanecer echado a andar. Sin condiciones.
De todas las palabras que dispongo, sólo algunas, logran convencerme.
Dime sólo una palabra cuya pretensión no sea la de empequeñecerme.
Duran las palabras, durante las palabras.
Y palabra final (el final de la palabra, mi propio final, el final del otro): comprensión.
Citas Textuales:
Ludwing Wittgenstein. Diario Filosófico (1914- 1916). Barcelona: Editorial Planeta, 1986, p. 84.
Octavio Paz. El arco y la lira. México: Fondo de Cultura Económica, 1981, p. 30.
Jorge Larrosa. Op. Cit., p. 21.
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